by Azucena Jiménez
El Velero de Pitilino
En un velero bergantín
Pitilino llevaba el timón.
Sus relinchos rompen las olas
Cuando baila su alegre rumbón.
Y se relamen en cubierta
Recordando el heno y el arroz
Los tres mil marineros, siete perros,
Cuatro gatos y su amigo Ratón.
Surcan truenos y montañas
Atraviesan olas hasta el sol
Buscando el preciado tesoro
Que guardaron en un cascarón.
Lali se desconcentra
Lali llevaba toda la noche con sueños extraños: elefantes sin trompa con
patas transparentes, gatos con alas que aumentaban de tamaño cada vez que
maullaban, barcos atravesando campos de trigo, arrastrados por las olas
espumosas del viento…
Abrió los ojos para asegurarse de que seguía en su dormitorio y todo
lo que había vivido hasta ese momento había sido fruto de su imaginación.
En una esquina de la habitación, la bombillita quitamiedos cubría el
techo con diminutas estrellas y una media luna sonriente. Papá la había puesto ahí para cuando Lali
tuviera sueños “difíciles”. Esto solía ser bastante a menudo. Pero en cuanto
comprobaba que la media lunita seguía luciendo encima de su cabeza, desaparecía
su desazón y recuperaba la tranquilidad.
Se levantó entre tinieblas… para
no despertar a mamá. Palpando el borde de la cama, la rodeó y se dirigió hacia
la puerta. Avanzaba, precavida, hacia el pasillo, colocando un pie delante del
otro, como si contara los pasos. Al
mismo tiempo estiraba los brazos igual que los sonámbulos: con las palmas de las
manos muy abiertas, para evitar chocarse con alguno de los muebles que
encontrara por el camino.
Mamá tiene un sueño muy ligero. Parece que no durmiera nunca. (No como
Lali. Que en cuanto se quedaba dormida hacía falta un cañón para despertarla).
Por eso, mamá enseguida oyó crujir las maderas del suelo. Puso atención
para distinguir desde qué extremo de la casa procedían. Y supo rápidamente que era Lali.
También a oscuras, y apenas en un susurro para no desperar a ningún otro
miembro de la familia, preguntó:
—Lali ¿te pasa algo?
Después se oyó el roce de las sábanas, mientras mamá intentaba encender
la lámpara de noche.
—Ssssh, —contestó Lali— que si me desconcentro, me caigo.
No había terminado la frase cuando se produjo un revoltijo de ruidos
extraños: las zapatillas se enredaron con la ropa de cama, el gato blanco de
peluche gruñó un maullido metálico, las ruedas de un vagón de tren que
rechinaron, y acto seguido, se oyó un golpe.
—¡Ay! —gritó Lali.
Y se echó mano al dedo gordo de su pie izquierdo.
Mamá se levantó de un salto. Todavía no le había dado tiempo de encender
la lámpara de la mesilla de noche, pero no esperó a más. Salió corriendo hacia
el ruido, para asegurarse de que no había habido ninguna herida grave en
aquella guerra de sobrevivientes.
De repente se iluminó toda la habitación y Lali tuvo que apretar los ojos
con fuerza para que la luz no la cegara.
—Estoy bien, mamá, no te preocupes… solo me desconcentré —dijo Lali con
los ojos cerrados todavía.
En casa, todos sabían que si Lali se desconcentraba, algo terrible podría
suceder en cosa de segundos.
El resto del recorrido, hasta el cuarto de baño, lo tuvo que hacer Lali
saltando a la pata coja hasta que se calmaron los pinchazos que sentía en su
dedo gordo. Iba acompañada de cerca por Mamá. Y después, le volvió a seguir los
pasos hasta el dormitorio para evitar males mayores.
Ayudó a Lali a meterse de nuevo en la cama. Con dulzura, estiró y alisó
el embozo de la sábana y apretó los extremos entre el colchón y el canapé. La
niña se convirtió en un imaginario sándwich de jamón y queso, embutida entre
sábana y sábana. Se abrazó al dinosaurio azul de los ojos saltones, (famoso en
el hogar por ser un enérgico rival contra las pesadillas). Lali siempre
recurría a los poderes de Dino cuando las pesadillas no terminaban de querer
marcharse, después de acudir a la luna-lunera y las estrellas del techo. Dino
era capaz de deshacer una pesadilla antes de terminar de pronunciar las
palabras mágicas que transformaban las pesadillas en sueños encantadores. Solo
tenía que decir “chisgarabís, gori, gori, gori”.
Y todo lo malo desaparecía.
Mamá apretó la mano contra la frente de su hija. No solo había sido el
dedo gordo el perjudicado por el golpe. También su ceja izquierda había chocado
ligeramente contra el borde de la estantería de libros de cuentos. Mamá
comprobó que había aparecido una pequeña inflamación justo ahí, en la frente
encima de la ceja. El chichón estaba formando una hinchazón considerable.
“Mañana irá al colegio con la huella
de sus aventuras nocturnas”, pensó Mamá. Luego, desapareció un momento y
volvió con una bolsa de hielo azul que colocó sobre el abultamiento.
—Cariño, debes tener más cuidado —dijo en voz baja, sujetando la bolsa
contra la frente de la niña.
—Es que… si me desconcentro…
—Ya. Ya. —Respondió, mamá sonriendo, sin dejarle terminar la frase.
Al día siguiente, Lali se levantó con un moretón, que había tomado una
variedad de intensos colores: entre morado y una tonalidad amarilla mezclada
con naranja y rojo. El bulto desnivelaba la redondez de su carita.
Ese día Mamá le ayudó a vestirse para evitar que la ropa no entrara en
contacto con el lucido pico que sobresalía.
Agarrada de la mano de su madre, recorrieron el camino hasta la parada
del autobús escolar. Avanzaba por la acera jugando a no pisar las uniones de
los baldosines, como cada mañana. Era la manera que tenía Lali de lograr que se
le hiciera el camino más corto.
—Venga, Lali, acelera, que vamos un poco tarde —advirtió Mamá, tirando de
la mano de la niña para obligarle a ir más deprisa.
—Es que, si me desconcentro, me caigo —repitió Lali. Era su frase
favorita; la que más veces reproducía al cabo del día.
—Te vas a caer de verdad, si no aceleras el paso —corrigió Mamá.
Llegó el bus escolar a la parada. Lali se despidió de Mamá con un tierno
beso en la mejilla. Subió la escalerilla y desapareció, camino del colegio.
Al ver cómo se alejaba el autobús, Mamá se quedó pensativa en la parada,
cavilando sobre la respuesta acostumbrada de su hija cada vez que tenía que
hacer algo un poco dificultoso.
—¿Por qué responderá siempre con la misma retahíla? −se preguntó Mamá.
A los pocos días, Lali apareció en el colegio feliz. Llevaba un nuevo
aspecto que le hacía parecer mucho más interesante y presumía como un pavo real . De su carita redonda había
desaparecido el moretón.
Y el artefacto reflejaba unos brillos extraños cada vez que los rayos del sol chocaban contra él. Además, Mamá le había
comprado un lazo de raso del mismo color y se lo había atado a la coleta.
Lali ya no se desconcentraba. Lali ya no se caía. Ya no tenía que
esforzarse para ver los dibujos que habían pintado sus compañeros y que la
señorita Inés colgaba en el Tablón de Cosas Importantes. A Lali le habían comprado unas gafas chulísimas.
CONTINUARÁ ...
Hola Azucena.
ResponderEliminarMe encanta todo lo que has escrito, precioso.
Besitos
Carmen
Muchas gracias.
EliminarA ver cuándo leemos algo tuyo.
Un besazo.