Buenos días geniecillos,
Os noto un poco remolones...
A ver si proponiendo un tema os animáis a rellenar huecos...
¿Qué os parece escribir un relato ambientado en la Edad Media?
(Yo ya estoy pensando en el mío).
Un saludo,
Azucena
Somos soñadores. Somos escritores. Somos un grupo de escritura de Valladollid. Invitamos a leer nuestras cuitas, entradas y relatos. Y agradeceremos cualquier comentario que comporte una visión positiva a nuestra necesidad de compartir. Recordamos que se castiga la reproducción, plagio, distribución, comunicación pública o de cualquier otro modo que explote económicamente, en todo o en parte, lo que aquí se publique SIN LA EXPRESA AUTORIZACIÓN POR ESCRITO DE SU AUTOR.
lunes, 22 de junio de 2015
jueves, 11 de junio de 2015
SEGUNDA ENTREGA .- ALMANAQUE DE UN NICO...
by Azucena Jiménez
by Azucena Jiménez
El Velero de Pitilino
En un velero bergantín
Pitilino llevaba el timón.
Sus relinchos rompen las olas
Cuando baila su alegre rumbón.
Y se relamen en cubierta
Recordando el heno y el arroz
Los tres mil marineros, siete perros,
Cuatro gatos y su amigo Ratón.
Surcan truenos y montañas
Atraviesan olas hasta el sol
Buscando el preciado tesoro
Que guardaron en un cascarón.
Lali se desconcentra
Lali llevaba toda la noche con sueños extraños: elefantes sin trompa con
patas transparentes, gatos con alas que aumentaban de tamaño cada vez que
maullaban, barcos atravesando campos de trigo, arrastrados por las olas
espumosas del viento…
Abrió los ojos para asegurarse de que seguía en su dormitorio y todo
lo que había vivido hasta ese momento había sido fruto de su imaginación.
En una esquina de la habitación, la bombillita quitamiedos cubría el
techo con diminutas estrellas y una media luna sonriente. Papá la había puesto ahí para cuando Lali
tuviera sueños “difíciles”. Esto solía ser bastante a menudo. Pero en cuanto
comprobaba que la media lunita seguía luciendo encima de su cabeza, desaparecía
su desazón y recuperaba la tranquilidad.
Se levantó entre tinieblas… para
no despertar a mamá. Palpando el borde de la cama, la rodeó y se dirigió hacia
la puerta. Avanzaba, precavida, hacia el pasillo, colocando un pie delante del
otro, como si contara los pasos. Al
mismo tiempo estiraba los brazos igual que los sonámbulos: con las palmas de las
manos muy abiertas, para evitar chocarse con alguno de los muebles que
encontrara por el camino.
Mamá tiene un sueño muy ligero. Parece que no durmiera nunca. (No como
Lali. Que en cuanto se quedaba dormida hacía falta un cañón para despertarla).
Por eso, mamá enseguida oyó crujir las maderas del suelo. Puso atención
para distinguir desde qué extremo de la casa procedían. Y supo rápidamente que era Lali.
También a oscuras, y apenas en un susurro para no desperar a ningún otro
miembro de la familia, preguntó:
—Lali ¿te pasa algo?
Después se oyó el roce de las sábanas, mientras mamá intentaba encender
la lámpara de noche.
—Ssssh, —contestó Lali— que si me desconcentro, me caigo.
No había terminado la frase cuando se produjo un revoltijo de ruidos
extraños: las zapatillas se enredaron con la ropa de cama, el gato blanco de
peluche gruñó un maullido metálico, las ruedas de un vagón de tren que
rechinaron, y acto seguido, se oyó un golpe.
—¡Ay! —gritó Lali.
Y se echó mano al dedo gordo de su pie izquierdo.
Mamá se levantó de un salto. Todavía no le había dado tiempo de encender
la lámpara de la mesilla de noche, pero no esperó a más. Salió corriendo hacia
el ruido, para asegurarse de que no había habido ninguna herida grave en
aquella guerra de sobrevivientes.
De repente se iluminó toda la habitación y Lali tuvo que apretar los ojos
con fuerza para que la luz no la cegara.
—Estoy bien, mamá, no te preocupes… solo me desconcentré —dijo Lali con
los ojos cerrados todavía.
En casa, todos sabían que si Lali se desconcentraba, algo terrible podría
suceder en cosa de segundos.
El resto del recorrido, hasta el cuarto de baño, lo tuvo que hacer Lali
saltando a la pata coja hasta que se calmaron los pinchazos que sentía en su
dedo gordo. Iba acompañada de cerca por Mamá. Y después, le volvió a seguir los
pasos hasta el dormitorio para evitar males mayores.
Ayudó a Lali a meterse de nuevo en la cama. Con dulzura, estiró y alisó
el embozo de la sábana y apretó los extremos entre el colchón y el canapé. La
niña se convirtió en un imaginario sándwich de jamón y queso, embutida entre
sábana y sábana. Se abrazó al dinosaurio azul de los ojos saltones, (famoso en
el hogar por ser un enérgico rival contra las pesadillas). Lali siempre
recurría a los poderes de Dino cuando las pesadillas no terminaban de querer
marcharse, después de acudir a la luna-lunera y las estrellas del techo. Dino
era capaz de deshacer una pesadilla antes de terminar de pronunciar las
palabras mágicas que transformaban las pesadillas en sueños encantadores. Solo
tenía que decir “chisgarabís, gori, gori, gori”.
Y todo lo malo desaparecía.
Mamá apretó la mano contra la frente de su hija. No solo había sido el
dedo gordo el perjudicado por el golpe. También su ceja izquierda había chocado
ligeramente contra el borde de la estantería de libros de cuentos. Mamá
comprobó que había aparecido una pequeña inflamación justo ahí, en la frente
encima de la ceja. El chichón estaba formando una hinchazón considerable.
“Mañana irá al colegio con la huella
de sus aventuras nocturnas”, pensó Mamá. Luego, desapareció un momento y
volvió con una bolsa de hielo azul que colocó sobre el abultamiento.
—Cariño, debes tener más cuidado —dijo en voz baja, sujetando la bolsa
contra la frente de la niña.
—Es que… si me desconcentro…
—Ya. Ya. —Respondió, mamá sonriendo, sin dejarle terminar la frase.
Al día siguiente, Lali se levantó con un moretón, que había tomado una
variedad de intensos colores: entre morado y una tonalidad amarilla mezclada
con naranja y rojo. El bulto desnivelaba la redondez de su carita.
Ese día Mamá le ayudó a vestirse para evitar que la ropa no entrara en
contacto con el lucido pico que sobresalía.
Agarrada de la mano de su madre, recorrieron el camino hasta la parada
del autobús escolar. Avanzaba por la acera jugando a no pisar las uniones de
los baldosines, como cada mañana. Era la manera que tenía Lali de lograr que se
le hiciera el camino más corto.
—Venga, Lali, acelera, que vamos un poco tarde —advirtió Mamá, tirando de
la mano de la niña para obligarle a ir más deprisa.
—Es que, si me desconcentro, me caigo —repitió Lali. Era su frase
favorita; la que más veces reproducía al cabo del día.
—Te vas a caer de verdad, si no aceleras el paso —corrigió Mamá.
Llegó el bus escolar a la parada. Lali se despidió de Mamá con un tierno
beso en la mejilla. Subió la escalerilla y desapareció, camino del colegio.
Al ver cómo se alejaba el autobús, Mamá se quedó pensativa en la parada,
cavilando sobre la respuesta acostumbrada de su hija cada vez que tenía que
hacer algo un poco dificultoso.
—¿Por qué responderá siempre con la misma retahíla? −se preguntó Mamá.
A los pocos días, Lali apareció en el colegio feliz. Llevaba un nuevo
aspecto que le hacía parecer mucho más interesante y presumía como un pavo real . De su carita redonda había
desaparecido el moretón.
Y el artefacto reflejaba unos brillos extraños cada vez que los rayos del sol chocaban contra él. Además, Mamá le había
comprado un lazo de raso del mismo color y se lo había atado a la coleta.
Lali ya no se desconcentraba. Lali ya no se caía. Ya no tenía que
esforzarse para ver los dibujos que habían pintado sus compañeros y que la
señorita Inés colgaba en el Tablón de Cosas Importantes. A Lali le habían comprado unas gafas chulísimas.
CONTINUARÁ ...
sábado, 6 de junio de 2015
Como premio, y aprovechando que ayer mi nieto cumplió 4 años, os presento la introducción de un libro de cuentos que estoy preparando.
Para no cansar ni avasallar con demasiadas entradas de golpe, voy a empezar poniendo solamente la introducción. En futuras entradas, iré añadiendo la continuación.
Para no cansar ni avasallar con demasiadas entradas de golpe, voy a empezar poniendo solamente la introducción. En futuras entradas, iré añadiendo la continuación.
ALMANAQUE DE UN NICO QUE TODAVIA NO ES
Este cuaderno fue mi regalo del Día de Reyes de un año no muy
lejano. Al principio solo fue un bloc con todas las hojas en
blanco. Me lo regaló una hada madrina, personalizando la tapa, con el especialísimo ingenio y creatividad que tienen todas las hadas
madrinas. Me instaba a convertirlo en un libro de cuentos y
anécdotas, con la escusa de que íbamos a estrenarnos en la turbulenta
tarea de ser abuelos.
Desde el mismo momento en que desenvolví mi regalo, hice el
propósito de rellenar cada una de esas hojas con muchas letras
−muchas palabrejas− transformadas en una comunicación
personalísima dirigida a un aprendiz de personita: Nicolás. (Nico,
el mico de la familia). Ese churumbel que, desde un tiempo a esta
parte, tiene sorbido el seso a sus abuelos.
Hoy ha dejado de ser un simple cuaderno sin rayas, y se ha
cristalizado en una puerta pública de ida y vuelta. De mí para ti.
Tú, que ahora estás leyéndolo, a partir de este instante, entrarás a
sumarte a la sorprendente ilusión de compartir la piel del pequeño
Nicolás. De volver a tu niñez.
Este libro te dará acceso a esas antologías que son ediciones
únicas, pues van dedicadas a una persona determinada y
exclusiva. Son los cuentos que se inventan las abuelas para que, durante un rato, los niños se queden quietos y escuchen.
Mientras estás leyendo, estamos solos tú y yo. ¡Que nadie ose obstaculizar
nuestro encuentro! Y si alguien tuviera la desfachatez de intentarlo,
no te dé vergüenza… Grita: ¡Ahora no puedo atenderte! ¡Dice
mi abuela que, como no me dejes seguir leyendo sin interrupciones, te va
a meter un brazo por una manga!
Ahora es el momento. Olvídate de quién has sido hasta poner la
vista en estas líneas. Métete en la piel de un bebé que se
encuentra en el seno maternal creciendo y creciendo para formar
parte, un día, de este mundo sin sentido. Y cuando lo haga será
singular, incomparable, excepcional e invencible.
(Es lo que nos brinda esta Naturaleza nuestra: con sus manos
artesanales nos hace sublimes… nadie nunca en todos los tiempos
podrá ser igual que tú; nadie nunca de los jamases podrá
igualarte). Porque tú eres inimitable. Eres un prodigio de la
Naturaleza. Eres insuperable a los ojos de los dioses. Eres un/una
malabarista de tu futuro.
Por tanto, disfruta de lo que eres y en lo que te convertirás.
Porque solo tú tienes el poder para conseguirlo.
Ahora, te contaré un secreto:
El mismo día que naciste tú, el hechicero Augur Jorguín, me
transformó en Turura-Turulata-Abuela-Chísgarata. Me regaló una
varita mágica igual que la que tienen todas las abuelas socias de la Asociación
de Abuelas Brujas-Curujas-Ras-Cataplás.
La ilustrísima señora presidenta de la agrupación, me hizo
prometer que la guardaría en el cajón más alto de la cómoda, en
mi dormitorio. Y me dijo que le pusiera un nombre, igual que hacen
todas las "miembras" de la Asociación. (Lo de guardarla en el
cajón es porque los niños pequeños tienen prohibidísimo tocarla.
Y mucho menos utilizarla sin haber aprendido primero su manejo).
Porque los poderes de esa varita mágica son infinitos. Lo de
ponerle nombre es porque iba a ser mi mejor aliada, de ese día en
adelante.
Me avisará si estás enfermo. Me advertirá que estás
triste. Vigilará de noche para convertir tus pesadillas en cuentos fantásticos. Y muchos más
secretos que solo sabremos tú y yo.
A la misma hora que naciste tú, también me hizo prometer que no
podría contarte que soy bruja, hasta que alguien que te quisiera
mucho, mucho, muchísimo, te regalara este libro.
Hoy es el gran día… porque, si estás aquí delante de él,
leyendo, es porque hay una persona que te quiere mucho, mucho,
muchísimo, que te lo ha regalado.
Por tanto, ¡comencemos!
Por el poder que me confiere mi recién estrenada batuta de las
sorpresas, digo ahora las palabras mágicas:
Mima, mimula,
Abu, dabula,
Tola, tolara
Cargo la pluma,
Yo y mi vara.
Un, dos, ¡Zas!…
¡Te acabas de convertir en Nicolás!
Continuará...
Os hice caso y he cambiado un poco el final del relato que os leí durante el curso. Espero vuestros comentarios.
Un saludo,
Azucena
Un saludo,
Azucena
EL
INNOMBRABLE
by
Azucena Jiménez
César
alzó de un empujón la verja metálica, como si levantara pesas en
un gimnasio. El mecanismo respondió chirriando, como resistiéndose
a obedecer, pero finalmente desapareció por encima de la cabeza del
conserje, hasta despejar por completo el paso de la puerta principal.
—Buenos
días, María, —gritó.
Su voz estalló, vigorosa, contra la pared del fondo del salón.
En el
otro extremo de la estancia, María se afanaba en terminar de fregar
el último peldaño que abría camino desde la sala de juegos del
centro a la acera exterior. Lo devolvió un leve saludo con un
movimiento de cabeza, sin soltar la fregona y sin interrumpir el
vaivén del palo, que bailaba a ritmo constante a derechas e
izquierdas.
La
impaciencia se reflejaba en su rostro.
Ese
mes le tocaba hacer el Centro a solas. Teresa: de vacaciones; María
Eugenia: de baja por un esguince y los últimos recortes de personal
—dichosa crisis—, le obligaron a lidiar con la carga en
solitario. Y mira que era duro hacer ese centro sin compañía… No
tanto por sus dimensiones como por la tristeza que emanaba de sus
paredes. Tanto tiempo cobijando la última etapa de sus habitantes,
había conseguido impregnar de melancolía y añoranza toda la
estancia. Y a María se le estaba empezando a contagiar esa congoja.
Los
usuarios, que comenzaban a llegar después de las 10, no dejaban de
quejarse de que las instalaciones se habían quedado pequeñas, hacía
ya tiempo, para tanto jubilado como se iba incorporando últimamente.
El presidente de la asociación, además, había dicho que la música
ambiental apenas se percibía; que los mayores solían tener
problemas de oído y pedían que se subiera el nivel un poquitín
más.
Sin
embargo, en la soledad del amanecer, el silencio encerrado entre
aquellas paredes atronaba. El menor ruido, inevitables todos ellos al
volver a colocar en su sitio los muebles tras la limpieza, se
transformaban en estruendos. Ecos incluidos. Y estando sola, María
procuraba apresurarse en terminar la tarea, para salir de allí
cuanto antes. De cuando en cuando canturreaba, en voz baja, alguna de
sus coplas favoritas. Eso le servía de acompañamiento y le ayudaba
a mitigar tanta contención.
Desde
su conversación con César, esa necesidad de terminar lo antes
posible se convirtió en su única obsesión. Como si no tuvieran
suficientes problemas en el mundo real, para venir a convencerla de
la existencia de mundos intermedios en los que la gente se quedaba
¿colgada? ¿Había dicho “colgada”? Y se negaban a traspasar la
línea que divide este mundo del de los muertos. Lo de la existencia
de un más allá estaba por ver. Pero hacerle creer, además, que
había una esfera entre aquel y el nuestro, rebasaba los límites de
la fantasía. Y María no estaba para fantasías.
—A
mí edad... Venga, hombre, —le había respondido.
Habitualmente
no se acobardaba ante situaciones inusuales. María había tenido que
afrontar muchos inconvenientes a lo largo de su vida, pero todos
habían sido terrenales, concretos y
de este mundo. Muy de
este mundo. El borracho de su marido, los años de hospital en
hospital hasta que la cirrosis se lo llevó a la tumba, la falta de
dinero, las palizas, la depresión, el hecho de tener que buscarse la
vida a una edad madura...
Todos
esos vaivenes del destino le habían convertido en una persona
escéptica e imperturbable. Las fabulaciones se quedaron para la
inocencia infantil mucho tiempo atrás. María había logrado, por
fin, sortear el mundo despreciable que le había tocado en suertes.
Por eso no tardó en sobreponerse a las penurias del pasado.
Cuando
le preguntaron los de la funeraria, respondió sin dudarlo un
instante, que prefería la incineración. Sí. Sí. Incinerado. No
fuera que aquel animal se levantara otra vez, como los zombis que
salían en la televisión
—Tú
eres el muerto... —Espetó, a solas, a la urna con las cenizas de
su marido, cuando se las entregaron. —Tú, el muerto. Pero la que
descansa en paz, soy yo.
Consiguió
que la contrataran, a pesar de su edad, por intercesión de la hija
de una amiga. Aunque la condición fue que se incorporaría al turno
de “antes de abrir los centros de trabajo”. Se acostumbró
rápidamente a los horarios iniciados antes de despuntar el alba.
No. No era la noche lo que la hacía sentirse tan vulnerable. Ni el
sobre-esfuerzo, ni el peso de los años, los responsables de ese
ligero temblor en las manos que sentía últimamente. Ni siquiera su
aislamiento en caso de producirse algún contratiempo en ese
centro...
Esto
era diferente. Aquí estaban sucediendo cosas inexplicables.
Lo
que más la desazonaba era esa sensación de no estar sola. Se
repetía, una y otra vez, que salvo por ella, aquel lugar estaba
vacío. Deseaba convencerse de esa evidencia. Pero no lo conseguía
del todo. No después de lo que le había dicho César.
Cuando
llegó esa mañana, una vez más se encontró con las luces
encendidas. Chasqueó la lengua, reprobando la negligencia de los
empleados. María desconectó la alarma y dejó la verja hasta media
altura, para avisar a los municipales de que estaba allí. Cerró con
llave la puerta de entrada tras de sí y se dirigió al cuarto de
limpieza para cambiarse. Sus tacones resonaron como truenos contra
las baldosas durante todo el recorrido. Pero eso entraba dentro de
los ruidos lógicos cuando un lugar tan grande se encontraba así de
vacío. Se recogió la melena, de manera distraída, con una goma que
se sacó de la muñeca. En ese momento, se cerró de golpe la puerta
del cuartito. “Son las típicas corrientes de estos edificios
viejos”, se dijo. A punto de salir del cuarto para empezar la
tarea, sintió una pequeña sacudida bajo sus pies, seguido de un
golpe seco contra el suelo del sótano.
—Algún
trasto apilado que se habrá caído, pensó. —Estos chicos... Qué
poco cuidado ponen para guardar las cosas...
Sin embargo, esos ruidos procedentes del sótano crispaban sus
nervios. Comenzaban al azar, sin motivo alguno, como por accidente.
Surgían unos días sí y otros no. Y cuando empezaban, no había
manera de que parasen. En ocasiones se oía el breve arrastre de una
silla. O un chispazo que ponía en marcha el ventilador. O el crujir
de la madera, cuando lo que se guardaba allí abajo, de poca madera
constaba. Al principio, pensó que era cosa suya: un eco a destiempo,
un ruido de algún mueble asentándose después de haberlo
desplazado... Pero, últimamente, la impresión de que algo —o
alguien— se estaba apropiando de su energía vital empezó a
rondarle la cabeza. Y conseguía desquiciarle. Se oyó otro golpe.
Esta vez fue un ruido metálico. Como si dos herramientas chocaran
entre sí. Le subió un escalofrío por la espalda.
Los trabajadores del centro bromearon, con muecas de complicidad, el
día que María se atrevió a comentarlo. Sin embargo, cuando César
se rio abiertamente, al insinuar ella que “igual había ratas en el
sótano”, ya empezó a preocuparse.
—Si no quieres, no hace falta que bajes a limpiar el sótano, —dijo
el director, con resignación. —Ya se encargarán los conserjes…
Tanta condescendencia, por parte del cliente, parecía un tanto
ilógica. Su jefe había calculado su sueldo, y el tiempo de
ejecución, contando con que aquel sótano debiera limpiarse a días
alternos. Lo más, lo más, una vez a la semana. Sin embargo, el
director insistía en que esa tarea no era necesaria y hasta parecía
tratar de convencerla de que quedaba disculpada de realizarla. Había
asegurado, con mucho ahínco, que nadie habría de recriminarle por
no bajar. Ni los empleados, ni su jefe.
César fue el único que se sinceró realmente con ella, al ver ese
reflejo de inquietud en su rostro.
—Mejor no te obceques. Ahí bajo pasan cosas extrañas: si dejamos
las sillas apiladas, a la mañana siguiente aparecen en filas. Cuando
ponemos la alarma “alguien” la desconecta. Las luces se apagan y
se encienden a placer, sin que nadie haya tocado los interruptores.
Es bastante juguetón nuestro Fe… El final de la frase quedó
interrumpido inmediatamente por el alarido de Elena, la compañera de
César.
—¡Ni se te ocurra ponerlo nombre! ¡Si lo nombras, se queda! Y
entonces, la que me iré, seré yo…
La explicación —añadida a la advertencia de Elena— no por
asombrosa, había sido menos convincente y María decidió que no era
de su incumbencia averiguar qué era lo que había allá abajo. Si
el director y su jefe daban por realizada la tarea, no iba a ser ella
quien replicara.
Con todo, fueron algo más que ruidos lo que oyó esa mañana. Los
sonidos se habían convertido en palabras. María había distinguido
una voz. Una voz profunda y masculina. Una voz que le era familiar. Y
afinando el oído, incluso le pareció haber escuchado su propio
nombre subir por el hueco de la escalera.
Quiso contárselo a César cuando lo vio abrir la verja, pero por
alguna absurda paradoja, finalmente decidió callar.
Con la vista fija en el peldaño, en su mente siguió el recorrido de
las pisadas del conserje moviéndose de un lado a otro del centro. Le
oyó aproximarse, silbando alegremente, hasta el rincón donde se
encontraba el acceso al sótano. En una mano llevaba el escobón y en
la otra el recogedor. A él parecía no preocuparle lo más mínimo
lo que hubiese en ese sótano. Si eso
estaba alimentándose de su vitalidad para seguir en aquel mundo
intermedio, le traía sin cuidado. Rebosaba juventud y vigor.
—Vamos a ver la que me has liado hoy, Federico, —le oyó decir.
Levantó
la cabeza de repente, y buscó al conserje con la mirada, casi
recriminándole haber nombrado a ese ser con tanta
familiaridad. Más pánico le dio todavía cuando reparó en el
nombre que había salido de la boca del joven. Vaya coincidencia que
César eligiera el mismo nombre que el de su marido para aquello que
habitaba debajo de sus pies.
Detuvo
lo que estaba haciendo, descargando todo su cuerpo en el palo de la
fregona y siguió la figura del conserje mientras desaparecía
escaleras abajo. Unos instantes después, empezaron a oírse golpe
tras golpe del escobón contra el suelo del sótano, seguido de un
alboroto, como de movimiento de muebles, sillas que se desplazaban y
chocaban contra el cemento... Latigazos, como truenos todos ellos,
que rebotaban bajo los pies de María.
—¡No
te resistas, Federico! —oyó gritar a César. —Pensé que éramos
amigos...
María
contuvo la respiración durante cada segundo de la batalla que se
estaba librando entre lo orgánico y esa existencia intermedia que
César había asegurado convivía paralelo al mundo real. Estaba
paralizada. Se imaginaba al conserje peleándose con un espectro de
fauces puntiagudas y uñas ensangrentadas. Si realmente era el
Federico que ella había conocido, sabía perfectamente lo violento
que podía llegar a ser. Comprendía que tenía que hacer algo para
ayudar a su compañero, pero era incapaz de mover un solo músculo de
su cuerpo. Le venían a la memoria episodios de su vida pasada y el
miedo atroz que había sentido hacia ese bárbaro con el que había
convivido.
Finalmente,
los golpes cesaron. Todo volvió a quedar en silencio.
Cargada
de impaciencia, María soltó el palo y se acercó, cautelosa, hasta
la escalera. Prestó atención, pero no se oía ni el vuelo de una
mosca. Después, pasos. Alguien estaba subiendo los peldaños...
Tras
unos instantes, apareció César con el brazo levantado, exhibiendo
triunfante a un pequeño ratón negro, sujeto por el rabo entre la
punta de sus dedos.
—María,
nuestro amigo Federico acaba de perecer. Descanse en paz.
Ella
llenó los pulmones de aire y lo echó de golpe.
A la
mañana siguiente, María introdujo la llave en la cerradura de la
puerta principal, canturreando La Zarzamora. Al accionar el
interruptor de las luces, fue sorprendida con que, al mismo tiempo,
el hilo musical se pusiera en marcha de manera inesperada. Carlos
Cano interrumpía su sosiego cantando María, la portuguesa.
viernes, 5 de junio de 2015
Hola a tod@s. Lo primero dar las gracias a Azucena por su gran idea de realizar el blog y como no a su duendecillo Juan por currarse toda la parte técnica del asunto. Lo estoy viendo con gafas de sol, porque si no luego me da por escribir relatos como el segundo que voy a editar. Queridos amigos con afición común por la escritura, creo que ya que estos amables compañeros se han preocupado de construir este blog, lo menos que podemos hacer es contribuir con algún relato al respecto. Aquí van dos mios.
Historia del aprendiz y el miedo.
Caminaba el venerable maestro por el bosque con sus dos jóvenes discípulos. Al llegar a un pequeño claro donde se veían hermosos árboles de diferentes alturas, el sabio pregunto. ¿Quién quiere demostrar su valor? A lo que ambos discípulos contestaron afirmativamente.
El maestro les pidió que subieran a un árbol y se arrojaran desde lo más elevado que creyesen posible, aplicando la técnica de caída que les había enseñado. El primero que no tenía miedo a las alturas, subió a la cima del árbol más alto que había, el que doblaba en altura a cualquiera del resto de árboles. El segundo aprendiz temeroso por la caída, eligió un árbol de altura media.
El primer alumno pregunto al maestro que si podía arrojarse ya, a lo cual el maestro le respondió que se bajara inmediatamente. El segundo pupilo que estaba muerto de miedo, dijo que si él también se podía bajar, pero el maestro le contesto que aplacara su miedo, se concentrase, sintiera el espíritu de una rana y aplicando la técnica que le había enseñado, se arrojara al suelo.
El alumno respiro profundamente, visualizo la técnica de su maestro, miro al suelo y se lanzo concentrado.
Al levantarse magullado pero sin ningún hueso roto, escucho preguntar a su compañero. Maestro ¿Por qué le habéis pedido que se tirase él cuando no quería hacerlo y sin embargo a mí que si lo deseaba, no me lo habéis permitido?
Joven aprendiz, tu compañero que sentía un miedo profundo eligió un árbol adecuado para su primer salto. De este modo al vencer su miedo, ha visto reforzado su espíritu y ha aplicado correctamente la técnica que os he enseñado. Ahora está preparado para saltar desde un árbol más alto.
Sin embargo tú que no sentías miedo, te fuiste directamente al árbol más elevado de todos. Desde esa altura, probablemente te hubieses roto algún hueso en tu caída y no hubieras podido probar tu siguiente salto. Ahora al igual que tu compañero, estás preparado para volar en tu siguiente prueba.
Rayo de sol por mi ventana.
El sábado después de comer, al despertar de un corto pero placentero sueño en el sofá, abrí los ojos somnoliento. Podía contemplar un rayo de sol penetrando por la ventana semiabierta de mi salón en penumbra. La energía proyectada, mostraba una multitud de pequeñas partículas flotando sutilmente a su albedrio. Cada una tenía un tamaño distinto dentro de sus diminutas proporciones, pero todas flotaban como si la fuerza de la gravedad no estuviera inventada para ellas. Unas subían otras bajaban, sin orden ni concierto aparente. La danza del caos sonaba en la habitación con la música caprichosa del universo.
Me levante y abrí la ventana para iluminar completamente el salón. Cuando volví a mirar aquel espectáculo de seres flotantes, había desaparecido.
Después de un segundo de perplejidad, cerré los ojos con tal fuerza, que en la oscuridad de mi visión las partículas reaparecieron agitándose anárquicamente. Me deje llevar por unos momentos.
Con los ojos cerrados también se ve y cuando volví a abrir los mios, me asome a la ventana.
Miré el cielo limpio de estrellas bajo el manto del sol. Pensé en la luna y en lo que no vemos, mientras la magia del universo sigue sonando a nuestro alrededor.
By Alex Escudero
martes, 2 de junio de 2015
Compis de fatigas de plumillas
Hola a todos los Compis Plumillas
Azucena me ha dicho que quería ver algo escrito y publicado.
Pues aquí estoy poniendo algo. Y algo pongo....
Espero que sirva
Carmen
Azucena me ha dicho que quería ver algo escrito y publicado.
Pues aquí estoy poniendo algo. Y algo pongo....
Espero que sirva
Carmen
Hola a todos
Hola a todos. Gracias a los que han hecho posible este blog. Es una buena forma de mantenernos en contacto, y para saber mutuamente de nuestras andanzas. Vamos a ello
lunes, 1 de junio de 2015
HOLA LETRILLEROS!!!
Creo que ya formo parte del blog!! un saludo a todos y en breve espero leeros hasta aburrirme y poder aburriros también un poquito.
Hola a todos,
Con este mensaje iniciamos una andadura que esperemos sea fructífera para cualquier persona interesada en leer nuestros escritos, de ayer y de hoy... y lo que se nos vaya ocurriendo en el futuro.
Nuestro objetivo no es otro que entretener a quienes nos honren con su presencia en este blog para aliviar nuestra necesidad de escribir; de plasmar sobre papel (o en este caso trasladarlo por las ondas invisibles de la Internet) una imperante obsesión que es la de unir letras, formar palabras, jugar con ellas y exponer el ansia por ofrecer nuestros sentimientos al mundo.
Con este mensaje iniciamos una andadura que esperemos sea fructífera para cualquier persona interesada en leer nuestros escritos, de ayer y de hoy... y lo que se nos vaya ocurriendo en el futuro.
Nuestro objetivo no es otro que entretener a quienes nos honren con su presencia en este blog para aliviar nuestra necesidad de escribir; de plasmar sobre papel (o en este caso trasladarlo por las ondas invisibles de la Internet) una imperante obsesión que es la de unir letras, formar palabras, jugar con ellas y exponer el ansia por ofrecer nuestros sentimientos al mundo.
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