EL
MERCADER Y LA HIJA DEL ALFARERO
by Azucena Jiménez
Desde que mi ama, doña
Leonor me acogió a su servicio, ha ya varios años debo decir, la
villa de Medina del Campo ha ido creciendo en historia. Y en este
tiempo de ahora, sigue colmada de renombre y fama. Tan conocidas son
las sus Ferias Generales como las de Amberes, Ginebra o Florencia.
Las casas principales que existen en la villa vienen a ser de
personajes tan famosos como, pongamos, don Rodrigo Díaz, al que
llaman el Cid, por nombrar a uno, por la mucha gallardía y nobleza de
los sus caballeros.
Los
numerosos tratos negociados cada día en estas ferias sirven también
para abastar a la villa de generosos productos traídos de tierras
lejanas. Todas las mercancías que se fabrican en estos reinos de mi
buena señora, doña Isabel, la Reina Católica, como así las que
entran por los puertos de ultramar, se traen, en primer lugar, a esta
muy honrosa república para con ellos mercadear. Desde Oriente a
Occidente y de otros mundos conquistados, cuyos nombres, por mi
ignorancia, lamento desconocer, traen paños, sedas y saetines, fina
lencería, especias, perlas y extraños animales que no sé nombrar.
Luego, los distribuyen, con permiso de mi señora, la Reina.
Aquesta
grandeza le viene a la villa que me vio nacer, por libre y
señora de sí misma y de su comarca; por tan rica de sus bienes
propios. Tantos buenos servicios les hicieron los hidalgos della al
Rey, mi señor, que se lo agradeció a la ciudad dispensándola de
pagar los diezmos, ni a los enviados que venían en su nombre, ni al
Papa, que Dios guarde. Tanta autoridad le concedió mi buen Rey que a
los mercaderes que a ella acuden, ella misma los exime de pagar
derechos mientras en otras ciudades se los vienen a exigir.
Antes
que nadie, consultados han de ser los Siete Linajes de las familias
nobles. Así lo mandó el Rey y así debe ser. Y para que nadie se dé
en cuestionarlo, escrito queda en el estandarte otorgado por las
grandes hazañas de las familias de linaje, e sus grandes guerreros.
“Ni el Rey oficio, ni el Papa beneficio”. Así quedó escrito.
He oído yo decir que todos estos favores vienen de cuando los
mandaron peliar contra las tropas musulmanas, a las que, por
valentía, derrotaron en un lugar que llaman Ronda. (Lejos de mí
conocimiento queda para saber exactamente dónde encuéntranse esas
tierras). Pero sí sé que esa hazaña, a mi Medina, la engrandeció.
Tan
grande libertad existe en la villa y de tan atrás su fama, que
gentes de otras tierras han dado en llamarla Metipna Dueli,
pues dicen que tiene origen musulmán. Dios nos salve del infiel.
Amén. Este apodo maledicente lo emplean por envidia de su grandeza.
Y puede ser también, pienso yo, porque permite desafíos de campo
ejecutados entre caballeros, sin duda por afrentados en su dignidad y
por razones bien justificadas, cuando en ella se hallan.
Es
por esto que, de sus miles de habitantes, siempre hay algo de lo que
hablar en las Reales Carnicerías. Se avivan a diario los comentarios
de las criadas, como una servidora, y los de sus amas cuando se
acercan por allí a reponer víveres para su casa o para comprar
otras cosas del estilo. Que no es por criticar; solo por conocer las
cosas que vienen sucediendo. En ocasiones los estos acontecimientos
se hacen tan notorios que hasta los hombres en la plaza los llevan de
boca en boca a la posada, a la cantina y a otros sitios peores. Son
sucesos como este que voy a contarles yo.
Hete
aquí que un día entraron por la Puerta de Santa María dos
mercaderes del Reino de Aragón a vender sus productos en los puestos
de la plaza y pensaron en quedarse para siempre a morar en Medina.
Alojáronse en una posada de la calle del Almirante, por permanecer
cerca de otros personajes de su propio rango. Más la dignidad de
castellano bueno se la dejaron olvidada en alguna majada del camino,
pues llegaron a Medina a falta della.
En
tanto tuvieron mercancías para vender cumplían con los compromisos
de pagar los sus gastos en la posada. Pero terminados los productos
que trajeron, los dineros también se les fueron acabando y buscaron
otras mañas para seguir viviendo a la costilla de otros, más dignos
que ellos.
Los
estos mercaderes, entonces, empezaron a mostrar sus vilezas y al
descuido de los otros que en la posada se cobijaban, metían la mano
en las alforjas de aquellos y afanaban cualquier cosa que supieran de
algún valor, para malvenderlo y seguir viviendo como bellacos.
Uno
de aquestos forasteros, un tal llamado Satúbal, venido de San Martín
de Valvení para preparar las estancias de su amo don Diego de
Zúñiga, por su mal hadada suerte en tales momentos, los pilló con
las manos en sus alforjas, mientras cenaba en una mesa de aquella
posada.
Salieron
a la calle. Desenfundaron las espadas. Mas, como eran dos la compaña
de malhechores, lo dieron muerte en seguida y se quedaron con el
botín. Probada su culpabilidad por tal fechoría no pudo ser, pues
las tinieblas de la noche se convirtieron en sus cómplices. Ellos
juraron ante los Linajes no haber tenido nada que ver con la lid. Mas
los juramentos en falso tienen siempre su desquite, en esta vida o en
la que nos espera, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Y
siendo que, antes de morir, Setúbal juró venganza y los maldijo a
ellos y a toda su estirpe, en algún momento se habrían de encontrar
de cara con la Justicia Divina.
Uno
de estos rufianes, el tal llamado Lorencio, se encaprichó de Prisca,
la hija de un anciano alfarero.
El
alfarero y su hija vivían en una humilde casa construida con sus
propias manos a la costanilla del castillo. En la planta baja della,
do guardaba de las inclemencias a su única posesión: un mulo más
desgastado que él de tanto trabajar, el viejo fabricaba sus piezas,
con el barro que recogía de las tierras de alrededor. . Abajo
montaron el horno que usaban tanto para cocinar las viandas como para
cocer las piezas de barro. En la planta superior, cuando el viejo no
lo era tanto, había construido dos pequeñas alcobas. En una dormía
Prisca, su hija, y la otra había sido el dormitorio del matrimonio
hasta que La Parca convino en llevarse a su mujer.
El
alfarero era un buen hombre, y honrado, que sostenía su casa
vendiendo los cántaros y vasijas en la plaza, los días de mercado.
La linda doncella, que lo cuidaba, era tan guapa como lo había sido
su madre, que Dios tenga en su gloria, de largo pelo azabache y con
un brillo en sus ojos saltones, que centelleaban como las estrellas
en noches de luna llena.
Para
intimar con el alfarero y ganarse la confianza de la joven, Lorencio
urdió la trama de pedirle un ajuar completo de barro para una
hermana suya, comprometida en casamiento con un conde granadino. Un
pedido de esa envergadura no solía darse todos los días y solo las
grandes fortunas se atrevían a facer un gasto tan desmesurado.
En
vista de los beneficios que reportaría tal encargo y lo desahogado,
en cuestión de reales, que parecía ser el mercader, sin conocer el
verdadero propósito del rufián, el alfarero accedió encantado.
Mas, todo era una vil mentira, pues no tenía hermanas y mucho menos
ningún futuro cuñado con quien emparentar. Su intención no era
otra que la de encandilar a la moza y llevársela al río, que
bordeaba las laderas, para deshonrarla y olvidarle después.
Para
tal fin, frecuentaba a menudo la casa del alfarero con el pretexto de
ver cómo estaba quedando la vajilla. Le contaba mentira tras mentira
para hacerle creer que vivía holgadamente y poseía grandes
extensiones de tierra en Extremadura. Y lo iba consiguiendo. (Como el
alfarero no tenía costumbre de mentir, tampoco pensaba que ningún
otro pudiera faltar tan a menudo al octavo mandamiento, de los que
Moisés nos mandó seguir).
La
joven, cuando divisaba a Lorencio aproximarse a caballo hasta el
alcaller de su padre, avisaba al viejo, sin tiempo que perder. El
padre colocaba sobre la mesa todas las piezas ya cocidas y decoradas,
para que el mercader viera las excelencias de sus trabajos.
De
cuando en cuando, el mercader se paraba a charlar con la moza antes
de entrar al taller y le hacía creer en su sincero interés por
ella. Prisca iba aceptando su amistad. Mas se cuidaba en consentir
los excesos de confianza por no faltar a su honra ni a la de su
padre.
Por
contra, el alfarero estaba encantado con la complacencia que parecía
forjarse entre Lorencio y su hija. Pensaba en el buen partido que
sería para una doncella de humilde cuna, como Prisca, si se
desposase con un hacendado mercader emparentado con caballeros de
noble arriago. El alfarero sabía que le faltaban pocos años para
volver a unirse con su amada esposa y su pobre hija se quedaría sola
en este mundo, si ningún otro mozo de la villa quisiera interesarse
por ella.
Fueron
pasando los días, hasta que una tarde de primavera, llegaron a
Medina los vasallos de don Diego, preguntando por Satúbal. El
alguacilillo los contó el infortunio del encuentro con unos
malhechores desconocidos y dijóles que, por las fechas tan alejadas
del hecho, probablemente ya no estarían entre los muros de la
ciudadela. Los vasallos quedaron sorprendidos de que nadie hubiera
avisado del suceso a su señor y empezaron a investigar por su
cuenta. Preguntaron en los puestos del mercado, en las casas de las
cercanías y en los alrededores de las Reales Carnicerías. Y
difundieron que su señor, don Diego, había dispuesto una recompensa
de diez ducados de oro a quien los diera razones.
Lorencio
mantenía su fechoría en secreto, pero su compadre hartóse pronto
de vivir escasamente y cada vez más despreciado por las buenas
gentes de la villa. Por ello, se reunió en las afueras con los
vasallos de don Diego, sin que Lorencio se enterara de su traición.
Convino con ellos que todo quedaría entre las dos partes. Diéronle
al traidor lo estipulado después de oír todos los pormenores y lo
conmiraron a que saliera de Medina antes del anochecer.
Esa
tarde, el mercader se había vestido con sus mejores galas para
visitar a Prisca, en sabiendo que su padre no estaría en el taller.
Pues era día de mercado. Se había pasado la noche entera preparando
el estratagema para, con engaños, llevar a la joven hasta un recodo
donde el camino se apartaba del Zapardiel y era poco transitado por
las gentes del barrio.
Prisca,
en su candidez, se dejó llevar hasta el lugar que el mercader había
amañado para fraguar su villanía. En cuanto llegaron al lugar, ató
a la muchacha con una maroma a un árbol, presto a deshonrarla como
mejor le placiera. Prisca defendía su virtud con uñas y dientes.
Gritaba pidiendo auxilio y se retorcía sin tregua para soltarse.
En
forzando a la joven estaba, cuando aparecieron los vasallos de don
Diego. Luchó a espada uno de ellos, mientras el otro se afanaba en
liberar a Prisca de las ataduras que el villano había utilizado para
que no se escapara.
Ya
iba perdiendo la batalla el vasallo, ante la destreza de Lorencio con
el acero, acostumbrado como estaba a las luchas de campo por sus
felonías. Mas, cuando iba a clavarle la estocada a su rival, las
tierras de la orilla del rio se movieron y resbalóse el villano.
Cayó a las aguas y los sus pesados ropajes lo fueron hundiendo cada
vez más hacia el fondo, al tiempo que lo arrastraban las aguas río
abajo.
Los
vasallos de don Diego aseguraron después que, entre los remolinos
provocados por la desesperación de Lorencio de intentar salvarse,
vieron unos instantes el rostro de Satúbal sonriendo. Los dos
juraron que lo habían visto y que no había duda de que era su
compañero pues lo conocían bien.
Al
día siguiente, los curiosos que se acercaron a conocer el lugar
exacto donde había ocurrido todo, pudieron comprobar que el recodo
donde el rufián ató a Prisca había desaparecido y entre la orilla
del Zapardiel y la muralla del castillo, apenas quedaba espacio para
pasar una persona.