lunes, 6 de julio de 2015

Ahí va mi aportación a la propuesta. Espero que os guste.
 
 
EL MERCADER Y LA HIJA DEL ALFARERO
by Azucena Jiménez



Desde que mi ama, doña Leonor me acogió a su servicio, ha ya varios años debo decir, la villa de Medina del Campo ha ido creciendo en historia. Y en este tiempo de ahora, sigue colmada de renombre y fama. Tan conocidas son las sus Ferias Generales como las de Amberes, Ginebra o Florencia. Las casas principales que existen en la villa vienen a ser de personajes tan famosos como, pongamos, don Rodrigo Díaz, al que llaman el Cid, por nombrar a uno, por la mucha gallardía y nobleza de los sus caballeros.

Los numerosos tratos negociados cada día en estas ferias sirven también para abastar a la villa de generosos productos traídos de tierras lejanas. Todas las mercancías que se fabrican en estos reinos de mi buena señora, doña Isabel, la Reina Católica, como así las que entran por los puertos de ultramar, se traen, en primer lugar, a esta muy honrosa república para con ellos mercadear. Desde Oriente a Occidente y de otros mundos conquistados, cuyos nombres, por mi ignorancia, lamento desconocer, traen paños, sedas y saetines, fina lencería, especias, perlas y extraños animales que no sé nombrar. Luego, los distribuyen, con permiso de mi señora, la Reina.

Aquesta grandeza le viene a la villa que me vio nacer, por libre y señora de sí misma y de su comarca; por tan rica de sus bienes propios. Tantos buenos servicios les hicieron los hidalgos della al Rey, mi señor, que se lo agradeció a la ciudad dispensándola de pagar los diezmos, ni a los enviados que venían en su nombre, ni al Papa, que Dios guarde. Tanta autoridad le concedió mi buen Rey que a los mercaderes que a ella acuden, ella misma los exime de pagar derechos mientras en otras ciudades se los vienen a exigir.

Antes que nadie, consultados han de ser los Siete Linajes de las familias nobles. Así lo mandó el Rey y así debe ser. Y para que nadie se dé en cuestionarlo, escrito queda en el estandarte otorgado por las grandes hazañas de las familias de linaje, e sus grandes guerreros. “Ni el Rey oficio, ni el Papa beneficio”. Así quedó escrito. He oído yo decir que todos estos favores vienen de cuando los mandaron peliar contra las tropas musulmanas, a las que, por valentía, derrotaron en un lugar que llaman Ronda. (Lejos de mí conocimiento queda para saber exactamente dónde encuéntranse esas tierras). Pero sí sé que esa hazaña, a mi Medina, la engrandeció.

Tan grande libertad existe en la villa y de tan atrás su fama, que gentes de otras tierras han dado en llamarla Metipna Dueli, pues dicen que tiene origen musulmán. Dios nos salve del infiel. Amén. Este apodo maledicente lo emplean por envidia de su grandeza. Y puede ser también, pienso yo, porque permite desafíos de campo ejecutados entre caballeros, sin duda por afrentados en su dignidad y por razones bien justificadas, cuando en ella se hallan.

Es por esto que, de sus miles de habitantes, siempre hay algo de lo que hablar en las Reales Carnicerías. Se avivan a diario los comentarios de las criadas, como una servidora, y los de sus amas cuando se acercan por allí a reponer víveres para su casa o para comprar otras cosas del estilo. Que no es por criticar; solo por conocer las cosas que vienen sucediendo. En ocasiones los estos acontecimientos se hacen tan notorios que hasta los hombres en la plaza los llevan de boca en boca a la posada, a la cantina y a otros sitios peores. Son sucesos como este que voy a contarles yo.

Hete aquí que un día entraron por la Puerta de Santa María dos mercaderes del Reino de Aragón a vender sus productos en los puestos de la plaza y pensaron en quedarse para siempre a morar en Medina. Alojáronse en una posada de la calle del Almirante, por permanecer cerca de otros personajes de su propio rango. Más la dignidad de castellano bueno se la dejaron olvidada en alguna majada del camino, pues llegaron a Medina a falta della.

En tanto tuvieron mercancías para vender cumplían con los compromisos de pagar los sus gastos en la posada. Pero terminados los productos que trajeron, los dineros también se les fueron acabando y buscaron otras mañas para seguir viviendo a la costilla de otros, más dignos que ellos.

Los estos mercaderes, entonces, empezaron a mostrar sus vilezas y al descuido de los otros que en la posada se cobijaban, metían la mano en las alforjas de aquellos y afanaban cualquier cosa que supieran de algún valor, para malvenderlo y seguir viviendo como bellacos.

Uno de aquestos forasteros, un tal llamado Satúbal, venido de San Martín de Valvení para preparar las estancias de su amo don Diego de Zúñiga, por su mal hadada suerte en tales momentos, los pilló con las manos en sus alforjas, mientras cenaba en una mesa de aquella posada.

Salieron a la calle. Desenfundaron las espadas. Mas, como eran dos la compaña de malhechores, lo dieron muerte en seguida y se quedaron con el botín. Probada su culpabilidad por tal fechoría no pudo ser, pues las tinieblas de la noche se convirtieron en sus cómplices. Ellos juraron ante los Linajes no haber tenido nada que ver con la lid. Mas los juramentos en falso tienen siempre su desquite, en esta vida o en la que nos espera, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Y siendo que, antes de morir, Setúbal juró venganza y los maldijo a ellos y a toda su estirpe, en algún momento se habrían de encontrar de cara con la Justicia Divina.

Uno de estos rufianes, el tal llamado Lorencio, se encaprichó de Prisca, la hija de un anciano alfarero.

El alfarero y su hija vivían en una humilde casa construida con sus propias manos a la costanilla del castillo. En la planta baja della, do guardaba de las inclemencias a su única posesión: un mulo más desgastado que él de tanto trabajar, el viejo fabricaba sus piezas, con el barro que recogía de las tierras de alrededor. . Abajo montaron el horno que usaban tanto para cocinar las viandas como para cocer las piezas de barro. En la planta superior, cuando el viejo no lo era tanto, había construido dos pequeñas alcobas. En una dormía Prisca, su hija, y la otra había sido el dormitorio del matrimonio hasta que La Parca convino en llevarse a su mujer.

El alfarero era un buen hombre, y honrado, que sostenía su casa vendiendo los cántaros y vasijas en la plaza, los días de mercado. La linda doncella, que lo cuidaba, era tan guapa como lo había sido su madre, que Dios tenga en su gloria, de largo pelo azabache y con un brillo en sus ojos saltones, que centelleaban como las estrellas en noches de luna llena.

Para intimar con el alfarero y ganarse la confianza de la joven, Lorencio urdió la trama de pedirle un ajuar completo de barro para una hermana suya, comprometida en casamiento con un conde granadino. Un pedido de esa envergadura no solía darse todos los días y solo las grandes fortunas se atrevían a facer un gasto tan desmesurado.

En vista de los beneficios que reportaría tal encargo y lo desahogado, en cuestión de reales, que parecía ser el mercader, sin conocer el verdadero propósito del rufián, el alfarero accedió encantado. Mas, todo era una vil mentira, pues no tenía hermanas y mucho menos ningún futuro cuñado con quien emparentar. Su intención no era otra que la de encandilar a la moza y llevársela al río, que bordeaba las laderas, para deshonrarla y olvidarle después.

Para tal fin, frecuentaba a menudo la casa del alfarero con el pretexto de ver cómo estaba quedando la vajilla. Le contaba mentira tras mentira para hacerle creer que vivía holgadamente y poseía grandes extensiones de tierra en Extremadura. Y lo iba consiguiendo. (Como el alfarero no tenía costumbre de mentir, tampoco pensaba que ningún otro pudiera faltar tan a menudo al octavo mandamiento, de los que Moisés nos mandó seguir).

La joven, cuando divisaba a Lorencio aproximarse a caballo hasta el alcaller de su padre, avisaba al viejo, sin tiempo que perder. El padre colocaba sobre la mesa todas las piezas ya cocidas y decoradas, para que el mercader viera las excelencias de sus trabajos.

De cuando en cuando, el mercader se paraba a charlar con la moza antes de entrar al taller y le hacía creer en su sincero interés por ella. Prisca iba aceptando su amistad. Mas se cuidaba en consentir los excesos de confianza por no faltar a su honra ni a la de su padre.

Por contra, el alfarero estaba encantado con la complacencia que parecía forjarse entre Lorencio y su hija. Pensaba en el buen partido que sería para una doncella de humilde cuna, como Prisca, si se desposase con un hacendado mercader emparentado con caballeros de noble arriago. El alfarero sabía que le faltaban pocos años para volver a unirse con su amada esposa y su pobre hija se quedaría sola en este mundo, si ningún otro mozo de la villa quisiera interesarse por ella.

Fueron pasando los días, hasta que una tarde de primavera, llegaron a Medina los vasallos de don Diego, preguntando por Satúbal. El alguacilillo los contó el infortunio del encuentro con unos malhechores desconocidos y dijóles que, por las fechas tan alejadas del hecho, probablemente ya no estarían entre los muros de la ciudadela. Los vasallos quedaron sorprendidos de que nadie hubiera avisado del suceso a su señor y empezaron a investigar por su cuenta. Preguntaron en los puestos del mercado, en las casas de las cercanías y en los alrededores de las Reales Carnicerías. Y difundieron que su señor, don Diego, había dispuesto una recompensa de diez ducados de oro a quien los diera razones.

Lorencio mantenía su fechoría en secreto, pero su compadre hartóse pronto de vivir escasamente y cada vez más despreciado por las buenas gentes de la villa. Por ello, se reunió en las afueras con los vasallos de don Diego, sin que Lorencio se enterara de su traición. Convino con ellos que todo quedaría entre las dos partes. Diéronle al traidor lo estipulado después de oír todos los pormenores y lo conmiraron a que saliera de Medina antes del anochecer.

Esa tarde, el mercader se había vestido con sus mejores galas para visitar a Prisca, en sabiendo que su padre no estaría en el taller. Pues era día de mercado. Se había pasado la noche entera preparando el estratagema para, con engaños, llevar a la joven hasta un recodo donde el camino se apartaba del Zapardiel y era poco transitado por las gentes del barrio.

Prisca, en su candidez, se dejó llevar hasta el lugar que el mercader había amañado para fraguar su villanía. En cuanto llegaron al lugar, ató a la muchacha con una maroma a un árbol, presto a deshonrarla como mejor le placiera. Prisca defendía su virtud con uñas y dientes. Gritaba pidiendo auxilio y se retorcía sin tregua para soltarse.

En forzando a la joven estaba, cuando aparecieron los vasallos de don Diego. Luchó a espada uno de ellos, mientras el otro se afanaba en liberar a Prisca de las ataduras que el villano había utilizado para que no se escapara.

Ya iba perdiendo la batalla el vasallo, ante la destreza de Lorencio con el acero, acostumbrado como estaba a las luchas de campo por sus felonías. Mas, cuando iba a clavarle la estocada a su rival, las tierras de la orilla del rio se movieron y resbalóse el villano. Cayó a las aguas y los sus pesados ropajes lo fueron hundiendo cada vez más hacia el fondo, al tiempo que lo arrastraban las aguas río abajo.

Los vasallos de don Diego aseguraron después que, entre los remolinos provocados por la desesperación de Lorencio de intentar salvarse, vieron unos instantes el rostro de Satúbal sonriendo. Los dos juraron que lo habían visto y que no había duda de que era su compañero pues lo conocían bien.

Al día siguiente, los curiosos que se acercaron a conocer el lugar exacto donde había ocurrido todo, pudieron comprobar que el recodo donde el rufián ató a Prisca había desaparecido y entre la orilla del Zapardiel y la muralla del castillo, apenas quedaba espacio para pasar una persona.



lunes, 22 de junio de 2015

Buenos días geniecillos,
Os noto un poco remolones...
A ver si proponiendo un tema os animáis a rellenar huecos...
¿Qué os parece escribir un relato ambientado en la Edad Media?
(Yo ya estoy pensando en el mío).
Un saludo,
Azucena

jueves, 11 de junio de 2015

SEGUNDA ENTREGA .- ALMANAQUE DE UN NICO...
by Azucena Jiménez


El Velero de Pitilino

 

En un velero bergantín

Pitilino llevaba el timón.

Sus relinchos rompen las olas

Cuando baila su alegre rumbón.

 

Y se relamen en cubierta

Recordando el heno y el arroz

Los tres mil marineros, siete perros,

Cuatro gatos y su amigo Ratón.

 

Surcan truenos y montañas

Atraviesan olas hasta el sol

Buscando el preciado tesoro

Que guardaron en un cascarón.
 
 
 
 
Lali se desconcentra
Lali llevaba toda la noche con sueños extraños: elefantes sin trompa con patas transparentes, gatos con alas que aumentaban de tamaño cada vez que maullaban, barcos atravesando campos de trigo, arrastrados por las olas espumosas del viento…
Abrió los ojos para asegurarse de que seguía en su dormitorio y todo lo que había vivido hasta ese momento había sido fruto de su imaginación.
En una esquina de la habitación, la bombillita quitamiedos cubría el techo con diminutas estrellas y una media luna sonriente.  Papá la había puesto ahí para cuando Lali tuviera sueños “difíciles”. Esto solía ser bastante a menudo. Pero en cuanto comprobaba que la media lunita seguía luciendo encima de su cabeza, desaparecía su desazón y recuperaba la tranquilidad.
Se levantó entre tinieblas…  para no despertar a mamá. Palpando el borde de la cama, la rodeó y se dirigió hacia la puerta. Avanzaba, precavida, hacia el pasillo, colocando un pie delante del otro, como si contara los pasos.  Al mismo tiempo estiraba los brazos igual que los sonámbulos: con las palmas de las manos muy abiertas, para evitar chocarse con alguno de los muebles que encontrara por el camino.
Mamá tiene un sueño muy ligero. Parece que no durmiera nunca. (No como Lali. Que en cuanto se quedaba dormida hacía falta un cañón para despertarla). Por eso, mamá enseguida oyó crujir las maderas del suelo. Puso atención para distinguir desde qué extremo de la casa procedían. Y supo rápidamente que era Lali.
También a oscuras, y apenas en un susurro para no desperar a ningún otro miembro de la familia, preguntó:
—Lali ¿te pasa algo?
Después se oyó el roce de las sábanas, mientras mamá intentaba encender la lámpara de noche.
—Ssssh, —contestó Lali— que si me desconcentro, me caigo.
No había terminado la frase cuando se produjo un revoltijo de ruidos extraños: las zapatillas se enredaron con la ropa de cama, el gato blanco de peluche gruñó un maullido metálico, las ruedas de un vagón de tren que rechinaron, y acto seguido, se oyó un golpe.
—¡Ay! —gritó Lali.
Y se echó mano al dedo gordo de su pie izquierdo.
Mamá se levantó de un salto. Todavía no le había dado tiempo de encender la lámpara de la mesilla de noche, pero no esperó a más. Salió corriendo hacia el ruido, para asegurarse de que no había habido ninguna herida grave en aquella guerra de sobrevivientes.
De repente se iluminó toda la habitación y Lali tuvo que apretar los ojos con fuerza para que la luz no la cegara.
—Estoy bien, mamá, no te preocupes… solo me desconcentré —dijo Lali con los ojos cerrados todavía.
En casa, todos sabían que si Lali se desconcentraba, algo terrible podría suceder en cosa de segundos.         
El resto del recorrido, hasta el cuarto de baño, lo tuvo que hacer Lali saltando a la pata coja hasta que se calmaron los pinchazos que sentía en su dedo gordo. Iba acompañada de cerca por Mamá. Y después, le volvió a seguir los pasos hasta el dormitorio para evitar males mayores.
Ayudó a Lali a meterse de nuevo en la cama. Con dulzura, estiró y alisó el embozo de la sábana y apretó los extremos entre el colchón y el canapé. La niña se convirtió en un imaginario sándwich de jamón y queso, embutida entre sábana y sábana. Se abrazó al dinosaurio azul de los ojos saltones, (famoso en el hogar por ser un enérgico rival contra las pesadillas). Lali siempre recurría a los poderes de Dino cuando las pesadillas no terminaban de querer marcharse, después de acudir a la luna-lunera y las estrellas del techo. Dino era capaz de deshacer una pesadilla antes de terminar de pronunciar las palabras mágicas que transformaban las pesadillas en sueños encantadores. Solo tenía que decir “chisgarabís, gori,  gori,  gori”. Y todo lo malo desaparecía.
Mamá apretó la mano contra la frente de su hija. No solo había sido el dedo gordo el perjudicado por el golpe. También su ceja izquierda había chocado ligeramente contra el borde de la estantería de libros de cuentos. Mamá comprobó que había aparecido una pequeña inflamación justo ahí, en la frente encima de la ceja. El chichón estaba formando una hinchazón considerable.
“Mañana irá al colegio con la huella de sus aventuras nocturnas”, pensó Mamá. Luego, desapareció un momento y volvió con una bolsa de hielo azul que colocó sobre el abultamiento.
—Cariño, debes tener más cuidado —dijo en voz baja, sujetando la bolsa contra la frente de la niña.
—Es que… si me desconcentro…
—Ya. Ya. —Respondió, mamá sonriendo, sin dejarle terminar la frase.
Al día siguiente, Lali se levantó con un moretón, que había tomado una variedad de intensos colores: entre morado y una tonalidad amarilla mezclada con naranja y rojo. El bulto desnivelaba la redondez de su carita.
Ese día Mamá le ayudó a vestirse para evitar que la ropa no entrara en contacto con el lucido pico que sobresalía.
Agarrada de la mano de su madre, recorrieron el camino hasta la parada del autobús escolar. Avanzaba por la acera jugando a no pisar las uniones de los baldosines, como cada mañana. Era la manera que tenía Lali de lograr que se le hiciera el camino más corto.
—Venga, Lali, acelera, que vamos un poco tarde —advirtió Mamá, tirando de la mano de la niña para obligarle a ir más deprisa.
—Es que, si me desconcentro, me caigo —repitió Lali. Era su frase favorita; la que más veces reproducía al cabo del día.
—Te vas a caer de verdad, si no aceleras el paso —corrigió Mamá.
Llegó el bus escolar a la parada. Lali se despidió de Mamá con un tierno beso en la mejilla. Subió la escalerilla y desapareció, camino del colegio.
Al ver cómo se alejaba el autobús, Mamá se quedó pensativa en la parada, cavilando sobre la respuesta acostumbrada de su hija cada vez que tenía que hacer algo un poco dificultoso.
—¿Por qué responderá siempre con la misma retahíla? −se preguntó Mamá.
A los pocos días, Lali apareció en el colegio feliz. Llevaba un nuevo aspecto que le hacía parecer mucho más interesante y presumía como un pavo real . De su carita redonda había desaparecido el moretón. Y el artefacto reflejaba unos brillos extraños cada vez que los rayos del sol chocaban contra él.  Además, Mamá le había comprado un lazo de raso del mismo color y se lo había atado a la coleta.
Lali ya no se desconcentraba. Lali ya no se caía. Ya no tenía que esforzarse para ver los dibujos que habían pintado sus compañeros y que la señorita Inés colgaba en el Tablón de Cosas Importantes.  A Lali le habían comprado unas gafas chulísimas.
 
CONTINUARÁ ...
 

sábado, 6 de junio de 2015

Como premio, y aprovechando que ayer mi nieto cumplió 4 años, os presento la introducción de un libro de cuentos que estoy preparando.

Para no cansar ni avasallar con demasiadas entradas de golpe, voy a empezar poniendo solamente la introducción. En futuras entradas, iré añadiendo la continuación.


ALMANAQUE DE UN NICO QUE TODAVIA NO ES

 Este cuaderno fue mi regalo del Día de Reyes de un año no muy lejano. Al principio solo fue un bloc con todas las hojas en blanco. Me lo regaló una hada madrina, personalizando la tapa, con el especialísimo ingenio y creatividad que tienen todas las hadas madrinas. Me instaba a convertirlo en un libro de cuentos y anécdotas, con la escusa de que íbamos a estrenarnos en la turbulenta tarea de ser abuelos.
Desde el mismo momento en que desenvolví mi regalo, hice el propósito de rellenar cada una de esas hojas con muchas letras −muchas palabrejas− transformadas en una comunicación personalísima dirigida a un aprendiz de personita: Nicolás. (Nico, el mico de la familia). Ese churumbel que, desde un tiempo a esta parte, tiene sorbido el seso a sus abuelos.
Hoy ha dejado de ser un simple cuaderno sin rayas, y se ha cristalizado en una puerta pública de ida y vuelta. De mí para ti.
Tú, que ahora estás leyéndolo, a partir de este instante, entrarás a sumarte a la sorprendente ilusión de compartir la piel del pequeño Nicolás. De volver a tu niñez.
Este libro te dará acceso a esas antologías que son ediciones únicas, pues van dedicadas a una persona determinada y exclusiva. Son los cuentos que se inventan las abuelas para que, durante un rato, los niños se queden quietos y escuchen.
Mientras estás leyendo, estamos solos tú y yo. ¡Que nadie ose obstaculizar nuestro encuentro! Y si alguien tuviera la desfachatez de intentarlo, no te dé vergüenza… Grita: ¡Ahora no puedo atenderte! ¡Dice mi abuela que, como no me dejes seguir leyendo sin interrupciones, te va a meter un brazo por una manga!
Ahora es el momento. Olvídate de quién has sido hasta poner la vista en estas líneas. Métete en la piel de un bebé que se encuentra en el seno maternal creciendo y creciendo para formar parte, un día, de este mundo sin sentido. Y cuando lo haga será singular, incomparable, excepcional e invencible.
(Es lo que nos brinda esta Naturaleza nuestra: con sus manos artesanales nos hace sublimes… nadie nunca en todos los tiempos podrá ser igual que tú; nadie nunca de los jamases podrá igualarte). Porque tú eres inimitable. Eres un prodigio de la Naturaleza. Eres insuperable a los ojos de los dioses. Eres un/una malabarista de tu futuro.
Por tanto, disfruta de lo que eres y en lo que te convertirás. Porque solo tú tienes el poder para conseguirlo.

Ahora, te contaré un secreto:

El mismo día que naciste tú, el hechicero Augur Jorguín, me transformó en Turura-Turulata-Abuela-Chísgarata. Me regaló una varita mágica igual que la que tienen todas las abuelas socias de la Asociación de Abuelas Brujas-Curujas-Ras-Cataplás.
La ilustrísima señora presidenta de la agrupación, me hizo prometer que la guardaría en el cajón más alto de la cómoda, en mi dormitorio. Y me dijo que le pusiera un nombre, igual que hacen todas las "miembras" de la Asociación. (Lo de guardarla en el cajón es porque los niños pequeños tienen prohibidísimo tocarla. Y mucho menos utilizarla sin haber aprendido primero su manejo). Porque los poderes de esa varita mágica son infinitos. Lo de ponerle nombre es porque iba a ser mi mejor aliada, de ese día en adelante. 
Me avisará si estás enfermo. Me advertirá que estás triste. Vigilará de noche para convertir tus pesadillas en cuentos fantásticos. Y muchos más secretos que solo sabremos tú y yo.
A la misma hora que naciste tú, también me hizo prometer que no podría contarte que soy bruja, hasta que alguien que te quisiera mucho, mucho, muchísimo, te regalara este libro.
Hoy es el gran día… porque, si estás aquí delante de él, leyendo, es porque hay una persona que te quiere mucho, mucho, muchísimo, que te lo ha regalado.
Por tanto, ¡comencemos!

Por el poder que me confiere mi recién estrenada batuta de las sorpresas, digo ahora las palabras mágicas:
Mima, mimula,
Abu, dabula,
Tola, tolara
Cargo la pluma,
Yo y mi vara.

Un, dos, ¡Zas!…

¡Te acabas de convertir en Nicolás!

Continuará...

Os hice caso y he cambiado un poco el final del relato que os leí durante el curso. Espero vuestros comentarios.

Un saludo,
Azucena

EL INNOMBRABLE
by
Azucena Jiménez

César alzó de un empujón la verja metálica, como si levantara pesas en un gimnasio. El mecanismo respondió chirriando, como resistiéndose a obedecer, pero finalmente desapareció por encima de la cabeza del conserje, hasta despejar por completo el paso de la puerta principal.
—Buenos días, María, —gritó.
Su voz estalló, vigorosa, contra la pared del fondo del salón.
En el otro extremo de la estancia, María se afanaba en terminar de fregar el último peldaño que abría camino desde la sala de juegos del centro a la acera exterior. Lo devolvió un leve saludo con un movimiento de cabeza, sin soltar la fregona y sin interrumpir el vaivén del palo, que bailaba a ritmo constante a derechas e izquierdas.
La impaciencia se reflejaba en su rostro.
Ese mes le tocaba hacer el Centro a solas. Teresa: de vacaciones; María Eugenia: de baja por un esguince y los últimos recortes de personal —dichosa crisis—, le obligaron a lidiar con la carga en solitario. Y mira que era duro hacer ese centro sin compañía… No tanto por sus dimensiones como por la tristeza que emanaba de sus paredes. Tanto tiempo cobijando la última etapa de sus habitantes, había conseguido impregnar de melancolía y añoranza toda la estancia. Y a María se le estaba empezando a contagiar esa congoja.
Los usuarios, que comenzaban a llegar después de las 10, no dejaban de quejarse de que las instalaciones se habían quedado pequeñas, hacía ya tiempo, para tanto jubilado como se iba incorporando últimamente. El presidente de la asociación, además, había dicho que la música ambiental apenas se percibía; que los mayores solían tener problemas de oído y pedían que se subiera el nivel un poquitín más.
Sin embargo, en la soledad del amanecer, el silencio encerrado entre aquellas paredes atronaba. El menor ruido, inevitables todos ellos al volver a colocar en su sitio los muebles tras la limpieza, se transformaban en estruendos. Ecos incluidos. Y estando sola, María procuraba apresurarse en terminar la tarea, para salir de allí cuanto antes. De cuando en cuando canturreaba, en voz baja, alguna de sus coplas favoritas. Eso le servía de acompañamiento y le ayudaba a mitigar tanta contención.
Desde su conversación con César, esa necesidad de terminar lo antes posible se convirtió en su única obsesión. Como si no tuvieran suficientes problemas en el mundo real, para venir a convencerla de la existencia de mundos intermedios en los que la gente se quedaba ¿colgada? ¿Había dicho “colgada”? Y se negaban a traspasar la línea que divide este mundo del de los muertos. Lo de la existencia de un más allá estaba por ver. Pero hacerle creer, además, que había una esfera entre aquel y el nuestro, rebasaba los límites de la fantasía. Y María no estaba para fantasías.
—A mí edad... Venga, hombre, —le había respondido.
Habitualmente no se acobardaba ante situaciones inusuales. María había tenido que afrontar muchos inconvenientes a lo largo de su vida, pero todos habían sido terrenales, concretos y de este mundo. Muy de este mundo. El borracho de su marido, los años de hospital en hospital hasta que la cirrosis se lo llevó a la tumba, la falta de dinero, las palizas, la depresión, el hecho de tener que buscarse la vida a una edad madura...
Todos esos vaivenes del destino le habían convertido en una persona escéptica e imperturbable. Las fabulaciones se quedaron para la inocencia infantil mucho tiempo atrás. María había logrado, por fin, sortear el mundo despreciable que le había tocado en suertes. Por eso no tardó en sobreponerse a las penurias del pasado.
Cuando le preguntaron los de la funeraria, respondió sin dudarlo un instante, que prefería la incineración. Sí. Sí. Incinerado. No fuera que aquel animal se levantara otra vez, como los zombis que salían en la televisión
—Tú eres el muerto... —Espetó, a solas, a la urna con las cenizas de su marido, cuando se las entregaron. —Tú, el muerto. Pero la que descansa en paz, soy yo.
Consiguió que la contrataran, a pesar de su edad, por intercesión de la hija de una amiga. Aunque la condición fue que se incorporaría al turno de “antes de abrir los centros de trabajo”. Se acostumbró rápidamente a los horarios iniciados antes de despuntar el alba. No. No era la noche lo que la hacía sentirse tan vulnerable. Ni el sobre-esfuerzo, ni el peso de los años, los responsables de ese ligero temblor en las manos que sentía últimamente. Ni siquiera su aislamiento en caso de producirse algún contratiempo en ese centro...
Esto era diferente. Aquí estaban sucediendo cosas inexplicables.
Lo que más la desazonaba era esa sensación de no estar sola. Se repetía, una y otra vez, que salvo por ella, aquel lugar estaba vacío. Deseaba convencerse de esa evidencia. Pero no lo conseguía del todo. No después de lo que le había dicho César.
Cuando llegó esa mañana, una vez más se encontró con las luces encendidas. Chasqueó la lengua, reprobando la negligencia de los empleados. María desconectó la alarma y dejó la verja hasta media altura, para avisar a los municipales de que estaba allí. Cerró con llave la puerta de entrada tras de sí y se dirigió al cuarto de limpieza para cambiarse. Sus tacones resonaron como truenos contra las baldosas durante todo el recorrido. Pero eso entraba dentro de los ruidos lógicos cuando un lugar tan grande se encontraba así de vacío. Se recogió la melena, de manera distraída, con una goma que se sacó de la muñeca. En ese momento, se cerró de golpe la puerta del cuartito. “Son las típicas corrientes de estos edificios viejos”, se dijo. A punto de salir del cuarto para empezar la tarea, sintió una pequeña sacudida bajo sus pies, seguido de un golpe seco contra el suelo del sótano.
—Algún trasto apilado que se habrá caído, pensó. —Estos chicos... Qué poco cuidado ponen para guardar las cosas...
Sin embargo, esos ruidos procedentes del sótano crispaban sus nervios. Comenzaban al azar, sin motivo alguno, como por accidente. Surgían unos días sí y otros no. Y cuando empezaban, no había manera de que parasen. En ocasiones se oía el breve arrastre de una silla. O un chispazo que ponía en marcha el ventilador. O el crujir de la madera, cuando lo que se guardaba allí abajo, de poca madera constaba. Al principio, pensó que era cosa suya: un eco a destiempo, un ruido de algún mueble asentándose después de haberlo desplazado... Pero, últimamente, la impresión de que algo —o alguien— se estaba apropiando de su energía vital empezó a rondarle la cabeza. Y conseguía desquiciarle. Se oyó otro golpe. Esta vez fue un ruido metálico. Como si dos herramientas chocaran entre sí. Le subió un escalofrío por la espalda.
Los trabajadores del centro bromearon, con muecas de complicidad, el día que María se atrevió a comentarlo. Sin embargo, cuando César se rio abiertamente, al insinuar ella que “igual había ratas en el sótano”, ya empezó a preocuparse.
—Si no quieres, no hace falta que bajes a limpiar el sótano, —dijo el director, con resignación. —Ya se encargarán los conserjes…
Tanta condescendencia, por parte del cliente, parecía un tanto ilógica. Su jefe había calculado su sueldo, y el tiempo de ejecución, contando con que aquel sótano debiera limpiarse a días alternos. Lo más, lo más, una vez a la semana. Sin embargo, el director insistía en que esa tarea no era necesaria y hasta parecía tratar de convencerla de que quedaba disculpada de realizarla. Había asegurado, con mucho ahínco, que nadie habría de recriminarle por no bajar. Ni los empleados, ni su jefe.
César fue el único que se sinceró realmente con ella, al ver ese reflejo de inquietud en su rostro.
—Mejor no te obceques. Ahí bajo pasan cosas extrañas: si dejamos las sillas apiladas, a la mañana siguiente aparecen en filas. Cuando ponemos la alarma “alguien” la desconecta. Las luces se apagan y se encienden a placer, sin que nadie haya tocado los interruptores. Es bastante juguetón nuestro Fe… El final de la frase quedó interrumpido inmediatamente por el alarido de Elena, la compañera de César.
—¡Ni se te ocurra ponerlo nombre! ¡Si lo nombras, se queda! Y entonces, la que me iré, seré yo…
La explicación —añadida a la advertencia de Elena— no por asombrosa, había sido menos convincente y María decidió que no era de su incumbencia averiguar qué era lo que había allá abajo. Si el director y su jefe daban por realizada la tarea, no iba a ser ella quien replicara.
Con todo, fueron algo más que ruidos lo que oyó esa mañana. Los sonidos se habían convertido en palabras. María había distinguido una voz. Una voz profunda y masculina. Una voz que le era familiar. Y afinando el oído, incluso le pareció haber escuchado su propio nombre subir por el hueco de la escalera.
Quiso contárselo a César cuando lo vio abrir la verja, pero por alguna absurda paradoja, finalmente decidió callar.
Con la vista fija en el peldaño, en su mente siguió el recorrido de las pisadas del conserje moviéndose de un lado a otro del centro. Le oyó aproximarse, silbando alegremente, hasta el rincón donde se encontraba el acceso al sótano. En una mano llevaba el escobón y en la otra el recogedor. A él parecía no preocuparle lo más mínimo lo que hubiese en ese sótano. Si eso estaba alimentándose de su vitalidad para seguir en aquel mundo intermedio, le traía sin cuidado. Rebosaba juventud y vigor.
—Vamos a ver la que me has liado hoy, Federico, —le oyó decir.
Levantó la cabeza de repente, y buscó al conserje con la mirada, casi recriminándole haber nombrado a ese ser con tanta familiaridad. Más pánico le dio todavía cuando reparó en el nombre que había salido de la boca del joven. Vaya coincidencia que César eligiera el mismo nombre que el de su marido para aquello que habitaba debajo de sus pies.
Detuvo lo que estaba haciendo, descargando todo su cuerpo en el palo de la fregona y siguió la figura del conserje mientras desaparecía escaleras abajo. Unos instantes después, empezaron a oírse golpe tras golpe del escobón contra el suelo del sótano, seguido de un alboroto, como de movimiento de muebles, sillas que se desplazaban y chocaban contra el cemento... Latigazos, como truenos todos ellos, que rebotaban bajo los pies de María.
—¡No te resistas, Federico! —oyó gritar a César. —Pensé que éramos amigos...
María contuvo la respiración durante cada segundo de la batalla que se estaba librando entre lo orgánico y esa existencia intermedia que César había asegurado convivía paralelo al mundo real. Estaba paralizada. Se imaginaba al conserje peleándose con un espectro de fauces puntiagudas y uñas ensangrentadas. Si realmente era el Federico que ella había conocido, sabía perfectamente lo violento que podía llegar a ser. Comprendía que tenía que hacer algo para ayudar a su compañero, pero era incapaz de mover un solo músculo de su cuerpo. Le venían a la memoria episodios de su vida pasada y el miedo atroz que había sentido hacia ese bárbaro con el que había convivido.
Finalmente, los golpes cesaron. Todo volvió a quedar en silencio.
Cargada de impaciencia, María soltó el palo y se acercó, cautelosa, hasta la escalera. Prestó atención, pero no se oía ni el vuelo de una mosca. Después, pasos. Alguien estaba subiendo los peldaños...
Tras unos instantes, apareció César con el brazo levantado, exhibiendo triunfante a un pequeño ratón negro, sujeto por el rabo entre la punta de sus dedos.
—María, nuestro amigo Federico acaba de perecer. Descanse en paz.
Ella llenó los pulmones de aire y lo echó de golpe.
A la mañana siguiente, María introdujo la llave en la cerradura de la puerta principal, canturreando La Zarzamora. Al accionar el interruptor de las luces, fue sorprendida con que, al mismo tiempo, el hilo musical se pusiera en marcha de manera inesperada. Carlos Cano interrumpía su sosiego cantando María, la portuguesa.



viernes, 5 de junio de 2015

pido mil perdones a nuestro amigo ALEX,

Por querer poner un comentario, la lié pero gorda.
He recuperado sus relatos, pero de mala manera.
Iremos aprendiendo a base de palos... como los burricos.
Hola a tod@s. Lo primero dar las gracias a Azucena por su gran idea de realizar el blog y como no a su duendecillo Juan por currarse toda la parte técnica del asunto. Lo estoy viendo con gafas de sol, porque si no luego me da por escribir relatos como el segundo que voy a editar. Queridos amigos con afición común por la escritura, creo que ya que estos amables compañeros se han preocupado de construir este blog, lo menos que podemos hacer es contribuir con algún relato al respecto. Aquí van dos mios.



Historia del aprendiz y el miedo.


Caminaba el venerable maestro por el bosque con sus dos jóvenes discípulos. Al llegar a un pequeño claro donde se veían hermosos árboles de diferentes alturas, el sabio pregunto. ¿Quién quiere demostrar su valor? A lo que ambos discípulos contestaron afirmativamente. 



El maestro les pidió que subieran a un árbol y se arrojaran desde lo más elevado que creyesen posible, aplicando la técnica de caída que les había enseñado. El primero que no tenía miedo a las alturas, subió a la cima del árbol más alto que había, el que doblaba en altura a cualquiera del resto de árboles. El segundo aprendiz temeroso por la caída, eligió un árbol de altura media.



El primer alumno pregunto al maestro que si podía arrojarse ya, a lo cual el maestro le respondió que se bajara inmediatamente. El segundo pupilo que estaba muerto de miedo, dijo que si él también se podía bajar, pero el maestro le contesto que aplacara su miedo, se concentrase, sintiera el espíritu de una rana y aplicando la técnica que le había enseñado, se arrojara al suelo. 



El alumno respiro profundamente, visualizo la técnica de su maestro, miro al suelo y se lanzo concentrado.

Al levantarse magullado pero sin ningún hueso roto, escucho preguntar a su compañero. Maestro ¿Por qué le habéis pedido que se tirase él cuando no quería hacerlo y sin embargo a mí que si lo deseaba, no me lo habéis permitido?



Joven aprendiz, tu compañero que sentía un miedo profundo eligió un árbol adecuado para su primer salto. De este modo al vencer su miedo, ha visto reforzado su espíritu y ha aplicado correctamente la técnica que os he enseñado. Ahora está preparado para saltar desde un árbol más alto.



Sin embargo tú que no sentías miedo, te fuiste directamente al árbol más elevado de todos. Desde esa altura, probablemente te hubieses roto algún hueso en tu caída y no hubieras podido probar tu siguiente salto. Ahora al igual que tu compañero, estás preparado para volar en tu siguiente prueba.




Rayo de sol por mi ventana.

El sábado después de comer, al despertar de un corto pero placentero sueño en el sofá, abrí los ojos somnoliento. Podía contemplar un rayo de sol penetrando por la ventana semiabierta de mi salón en penumbra. La energía proyectada, mostraba una multitud de pequeñas partículas flotando sutilmente a su albedrio. Cada una tenía un tamaño distinto dentro de sus diminutas proporciones, pero todas flotaban como si la fuerza de la gravedad no estuviera inventada para ellas. Unas subían otras bajaban, sin orden ni concierto aparente. La danza del caos sonaba en la habitación con la música caprichosa del universo.

Me levante y abrí la ventana para iluminar completamente el salón. Cuando volví a mirar aquel espectáculo de seres flotantes, había desaparecido. 

Después de un segundo de perplejidad, cerré los ojos con tal fuerza, que en la oscuridad de mi visión las partículas reaparecieron agitándose anárquicamente. Me deje llevar por unos momentos. 

Con los ojos cerrados también se ve y cuando volví a abrir los mios, me asome a la ventana. 
Miré el cielo limpio de estrellas bajo el manto del sol. Pensé en la luna y en lo que no vemos,  mientras  la magia del universo sigue sonando a nuestro alrededor.



By Alex Escudero

Ya estoy aquí de nuevo.
Todavía nos faltan bastantes compañeros del grupo por darse de alta. Los echamos de menos."Mucho de menos y muy de menos"... como dirían uno que sale mucho en la tele.
¡Ánimo, chicos! ¡Os necesitamos!

By Azucena Jiménez

martes, 2 de junio de 2015

Compis de fatigas de plumillas

Hola a todos los Compis Plumillas

Azucena me ha dicho que quería ver algo escrito y publicado.
Pues aquí estoy poniendo algo. Y algo pongo....
Espero que sirva

Carmen

Hola a todos

Hola a todos. Gracias a los que han hecho posible este blog. Es una buena forma de mantenernos en contacto, y para saber mutuamente de nuestras andanzas. Vamos a ello

lunes, 1 de junio de 2015

HOLA LETRILLEROS!!!

Creo que ya formo parte del blog!! un saludo a todos y en breve espero leeros hasta aburrirme y poder aburriros también un poquito.
Hola a todos,
Con este mensaje iniciamos una andadura que esperemos sea fructífera para cualquier persona interesada en leer nuestros escritos, de ayer y de hoy... y lo que se nos vaya ocurriendo en el futuro.

Nuestro objetivo no es otro que entretener a quienes nos honren con su presencia en este blog para aliviar nuestra necesidad de escribir; de plasmar sobre papel (o en este caso trasladarlo por las ondas invisibles de la Internet) una imperante obsesión que es la de unir letras, formar palabras, jugar con ellas y exponer el ansia por ofrecer nuestros sentimientos al mundo.