sábado, 6 de junio de 2015

Os hice caso y he cambiado un poco el final del relato que os leí durante el curso. Espero vuestros comentarios.

Un saludo,
Azucena

EL INNOMBRABLE
by
Azucena Jiménez

César alzó de un empujón la verja metálica, como si levantara pesas en un gimnasio. El mecanismo respondió chirriando, como resistiéndose a obedecer, pero finalmente desapareció por encima de la cabeza del conserje, hasta despejar por completo el paso de la puerta principal.
—Buenos días, María, —gritó.
Su voz estalló, vigorosa, contra la pared del fondo del salón.
En el otro extremo de la estancia, María se afanaba en terminar de fregar el último peldaño que abría camino desde la sala de juegos del centro a la acera exterior. Lo devolvió un leve saludo con un movimiento de cabeza, sin soltar la fregona y sin interrumpir el vaivén del palo, que bailaba a ritmo constante a derechas e izquierdas.
La impaciencia se reflejaba en su rostro.
Ese mes le tocaba hacer el Centro a solas. Teresa: de vacaciones; María Eugenia: de baja por un esguince y los últimos recortes de personal —dichosa crisis—, le obligaron a lidiar con la carga en solitario. Y mira que era duro hacer ese centro sin compañía… No tanto por sus dimensiones como por la tristeza que emanaba de sus paredes. Tanto tiempo cobijando la última etapa de sus habitantes, había conseguido impregnar de melancolía y añoranza toda la estancia. Y a María se le estaba empezando a contagiar esa congoja.
Los usuarios, que comenzaban a llegar después de las 10, no dejaban de quejarse de que las instalaciones se habían quedado pequeñas, hacía ya tiempo, para tanto jubilado como se iba incorporando últimamente. El presidente de la asociación, además, había dicho que la música ambiental apenas se percibía; que los mayores solían tener problemas de oído y pedían que se subiera el nivel un poquitín más.
Sin embargo, en la soledad del amanecer, el silencio encerrado entre aquellas paredes atronaba. El menor ruido, inevitables todos ellos al volver a colocar en su sitio los muebles tras la limpieza, se transformaban en estruendos. Ecos incluidos. Y estando sola, María procuraba apresurarse en terminar la tarea, para salir de allí cuanto antes. De cuando en cuando canturreaba, en voz baja, alguna de sus coplas favoritas. Eso le servía de acompañamiento y le ayudaba a mitigar tanta contención.
Desde su conversación con César, esa necesidad de terminar lo antes posible se convirtió en su única obsesión. Como si no tuvieran suficientes problemas en el mundo real, para venir a convencerla de la existencia de mundos intermedios en los que la gente se quedaba ¿colgada? ¿Había dicho “colgada”? Y se negaban a traspasar la línea que divide este mundo del de los muertos. Lo de la existencia de un más allá estaba por ver. Pero hacerle creer, además, que había una esfera entre aquel y el nuestro, rebasaba los límites de la fantasía. Y María no estaba para fantasías.
—A mí edad... Venga, hombre, —le había respondido.
Habitualmente no se acobardaba ante situaciones inusuales. María había tenido que afrontar muchos inconvenientes a lo largo de su vida, pero todos habían sido terrenales, concretos y de este mundo. Muy de este mundo. El borracho de su marido, los años de hospital en hospital hasta que la cirrosis se lo llevó a la tumba, la falta de dinero, las palizas, la depresión, el hecho de tener que buscarse la vida a una edad madura...
Todos esos vaivenes del destino le habían convertido en una persona escéptica e imperturbable. Las fabulaciones se quedaron para la inocencia infantil mucho tiempo atrás. María había logrado, por fin, sortear el mundo despreciable que le había tocado en suertes. Por eso no tardó en sobreponerse a las penurias del pasado.
Cuando le preguntaron los de la funeraria, respondió sin dudarlo un instante, que prefería la incineración. Sí. Sí. Incinerado. No fuera que aquel animal se levantara otra vez, como los zombis que salían en la televisión
—Tú eres el muerto... —Espetó, a solas, a la urna con las cenizas de su marido, cuando se las entregaron. —Tú, el muerto. Pero la que descansa en paz, soy yo.
Consiguió que la contrataran, a pesar de su edad, por intercesión de la hija de una amiga. Aunque la condición fue que se incorporaría al turno de “antes de abrir los centros de trabajo”. Se acostumbró rápidamente a los horarios iniciados antes de despuntar el alba. No. No era la noche lo que la hacía sentirse tan vulnerable. Ni el sobre-esfuerzo, ni el peso de los años, los responsables de ese ligero temblor en las manos que sentía últimamente. Ni siquiera su aislamiento en caso de producirse algún contratiempo en ese centro...
Esto era diferente. Aquí estaban sucediendo cosas inexplicables.
Lo que más la desazonaba era esa sensación de no estar sola. Se repetía, una y otra vez, que salvo por ella, aquel lugar estaba vacío. Deseaba convencerse de esa evidencia. Pero no lo conseguía del todo. No después de lo que le había dicho César.
Cuando llegó esa mañana, una vez más se encontró con las luces encendidas. Chasqueó la lengua, reprobando la negligencia de los empleados. María desconectó la alarma y dejó la verja hasta media altura, para avisar a los municipales de que estaba allí. Cerró con llave la puerta de entrada tras de sí y se dirigió al cuarto de limpieza para cambiarse. Sus tacones resonaron como truenos contra las baldosas durante todo el recorrido. Pero eso entraba dentro de los ruidos lógicos cuando un lugar tan grande se encontraba así de vacío. Se recogió la melena, de manera distraída, con una goma que se sacó de la muñeca. En ese momento, se cerró de golpe la puerta del cuartito. “Son las típicas corrientes de estos edificios viejos”, se dijo. A punto de salir del cuarto para empezar la tarea, sintió una pequeña sacudida bajo sus pies, seguido de un golpe seco contra el suelo del sótano.
—Algún trasto apilado que se habrá caído, pensó. —Estos chicos... Qué poco cuidado ponen para guardar las cosas...
Sin embargo, esos ruidos procedentes del sótano crispaban sus nervios. Comenzaban al azar, sin motivo alguno, como por accidente. Surgían unos días sí y otros no. Y cuando empezaban, no había manera de que parasen. En ocasiones se oía el breve arrastre de una silla. O un chispazo que ponía en marcha el ventilador. O el crujir de la madera, cuando lo que se guardaba allí abajo, de poca madera constaba. Al principio, pensó que era cosa suya: un eco a destiempo, un ruido de algún mueble asentándose después de haberlo desplazado... Pero, últimamente, la impresión de que algo —o alguien— se estaba apropiando de su energía vital empezó a rondarle la cabeza. Y conseguía desquiciarle. Se oyó otro golpe. Esta vez fue un ruido metálico. Como si dos herramientas chocaran entre sí. Le subió un escalofrío por la espalda.
Los trabajadores del centro bromearon, con muecas de complicidad, el día que María se atrevió a comentarlo. Sin embargo, cuando César se rio abiertamente, al insinuar ella que “igual había ratas en el sótano”, ya empezó a preocuparse.
—Si no quieres, no hace falta que bajes a limpiar el sótano, —dijo el director, con resignación. —Ya se encargarán los conserjes…
Tanta condescendencia, por parte del cliente, parecía un tanto ilógica. Su jefe había calculado su sueldo, y el tiempo de ejecución, contando con que aquel sótano debiera limpiarse a días alternos. Lo más, lo más, una vez a la semana. Sin embargo, el director insistía en que esa tarea no era necesaria y hasta parecía tratar de convencerla de que quedaba disculpada de realizarla. Había asegurado, con mucho ahínco, que nadie habría de recriminarle por no bajar. Ni los empleados, ni su jefe.
César fue el único que se sinceró realmente con ella, al ver ese reflejo de inquietud en su rostro.
—Mejor no te obceques. Ahí bajo pasan cosas extrañas: si dejamos las sillas apiladas, a la mañana siguiente aparecen en filas. Cuando ponemos la alarma “alguien” la desconecta. Las luces se apagan y se encienden a placer, sin que nadie haya tocado los interruptores. Es bastante juguetón nuestro Fe… El final de la frase quedó interrumpido inmediatamente por el alarido de Elena, la compañera de César.
—¡Ni se te ocurra ponerlo nombre! ¡Si lo nombras, se queda! Y entonces, la que me iré, seré yo…
La explicación —añadida a la advertencia de Elena— no por asombrosa, había sido menos convincente y María decidió que no era de su incumbencia averiguar qué era lo que había allá abajo. Si el director y su jefe daban por realizada la tarea, no iba a ser ella quien replicara.
Con todo, fueron algo más que ruidos lo que oyó esa mañana. Los sonidos se habían convertido en palabras. María había distinguido una voz. Una voz profunda y masculina. Una voz que le era familiar. Y afinando el oído, incluso le pareció haber escuchado su propio nombre subir por el hueco de la escalera.
Quiso contárselo a César cuando lo vio abrir la verja, pero por alguna absurda paradoja, finalmente decidió callar.
Con la vista fija en el peldaño, en su mente siguió el recorrido de las pisadas del conserje moviéndose de un lado a otro del centro. Le oyó aproximarse, silbando alegremente, hasta el rincón donde se encontraba el acceso al sótano. En una mano llevaba el escobón y en la otra el recogedor. A él parecía no preocuparle lo más mínimo lo que hubiese en ese sótano. Si eso estaba alimentándose de su vitalidad para seguir en aquel mundo intermedio, le traía sin cuidado. Rebosaba juventud y vigor.
—Vamos a ver la que me has liado hoy, Federico, —le oyó decir.
Levantó la cabeza de repente, y buscó al conserje con la mirada, casi recriminándole haber nombrado a ese ser con tanta familiaridad. Más pánico le dio todavía cuando reparó en el nombre que había salido de la boca del joven. Vaya coincidencia que César eligiera el mismo nombre que el de su marido para aquello que habitaba debajo de sus pies.
Detuvo lo que estaba haciendo, descargando todo su cuerpo en el palo de la fregona y siguió la figura del conserje mientras desaparecía escaleras abajo. Unos instantes después, empezaron a oírse golpe tras golpe del escobón contra el suelo del sótano, seguido de un alboroto, como de movimiento de muebles, sillas que se desplazaban y chocaban contra el cemento... Latigazos, como truenos todos ellos, que rebotaban bajo los pies de María.
—¡No te resistas, Federico! —oyó gritar a César. —Pensé que éramos amigos...
María contuvo la respiración durante cada segundo de la batalla que se estaba librando entre lo orgánico y esa existencia intermedia que César había asegurado convivía paralelo al mundo real. Estaba paralizada. Se imaginaba al conserje peleándose con un espectro de fauces puntiagudas y uñas ensangrentadas. Si realmente era el Federico que ella había conocido, sabía perfectamente lo violento que podía llegar a ser. Comprendía que tenía que hacer algo para ayudar a su compañero, pero era incapaz de mover un solo músculo de su cuerpo. Le venían a la memoria episodios de su vida pasada y el miedo atroz que había sentido hacia ese bárbaro con el que había convivido.
Finalmente, los golpes cesaron. Todo volvió a quedar en silencio.
Cargada de impaciencia, María soltó el palo y se acercó, cautelosa, hasta la escalera. Prestó atención, pero no se oía ni el vuelo de una mosca. Después, pasos. Alguien estaba subiendo los peldaños...
Tras unos instantes, apareció César con el brazo levantado, exhibiendo triunfante a un pequeño ratón negro, sujeto por el rabo entre la punta de sus dedos.
—María, nuestro amigo Federico acaba de perecer. Descanse en paz.
Ella llenó los pulmones de aire y lo echó de golpe.
A la mañana siguiente, María introdujo la llave en la cerradura de la puerta principal, canturreando La Zarzamora. Al accionar el interruptor de las luces, fue sorprendida con que, al mismo tiempo, el hilo musical se pusiera en marcha de manera inesperada. Carlos Cano interrumpía su sosiego cantando María, la portuguesa.



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