Un saludo,
Azucena
EL
INNOMBRABLE
by
Azucena Jiménez
César
alzó de un empujón la verja metálica, como si levantara pesas en
un gimnasio. El mecanismo respondió chirriando, como resistiéndose
a obedecer, pero finalmente desapareció por encima de la cabeza del
conserje, hasta despejar por completo el paso de la puerta principal.
—Buenos
días, María, —gritó.
Su voz estalló, vigorosa, contra la pared del fondo del salón.
En el
otro extremo de la estancia, María se afanaba en terminar de fregar
el último peldaño que abría camino desde la sala de juegos del
centro a la acera exterior. Lo devolvió un leve saludo con un
movimiento de cabeza, sin soltar la fregona y sin interrumpir el
vaivén del palo, que bailaba a ritmo constante a derechas e
izquierdas.
La
impaciencia se reflejaba en su rostro.
Ese
mes le tocaba hacer el Centro a solas. Teresa: de vacaciones; María
Eugenia: de baja por un esguince y los últimos recortes de personal
—dichosa crisis—, le obligaron a lidiar con la carga en
solitario. Y mira que era duro hacer ese centro sin compañía… No
tanto por sus dimensiones como por la tristeza que emanaba de sus
paredes. Tanto tiempo cobijando la última etapa de sus habitantes,
había conseguido impregnar de melancolía y añoranza toda la
estancia. Y a María se le estaba empezando a contagiar esa congoja.
Los
usuarios, que comenzaban a llegar después de las 10, no dejaban de
quejarse de que las instalaciones se habían quedado pequeñas, hacía
ya tiempo, para tanto jubilado como se iba incorporando últimamente.
El presidente de la asociación, además, había dicho que la música
ambiental apenas se percibía; que los mayores solían tener
problemas de oído y pedían que se subiera el nivel un poquitín
más.
Sin
embargo, en la soledad del amanecer, el silencio encerrado entre
aquellas paredes atronaba. El menor ruido, inevitables todos ellos al
volver a colocar en su sitio los muebles tras la limpieza, se
transformaban en estruendos. Ecos incluidos. Y estando sola, María
procuraba apresurarse en terminar la tarea, para salir de allí
cuanto antes. De cuando en cuando canturreaba, en voz baja, alguna de
sus coplas favoritas. Eso le servía de acompañamiento y le ayudaba
a mitigar tanta contención.
Desde
su conversación con César, esa necesidad de terminar lo antes
posible se convirtió en su única obsesión. Como si no tuvieran
suficientes problemas en el mundo real, para venir a convencerla de
la existencia de mundos intermedios en los que la gente se quedaba
¿colgada? ¿Había dicho “colgada”? Y se negaban a traspasar la
línea que divide este mundo del de los muertos. Lo de la existencia
de un más allá estaba por ver. Pero hacerle creer, además, que
había una esfera entre aquel y el nuestro, rebasaba los límites de
la fantasía. Y María no estaba para fantasías.
—A
mí edad... Venga, hombre, —le había respondido.
Habitualmente
no se acobardaba ante situaciones inusuales. María había tenido que
afrontar muchos inconvenientes a lo largo de su vida, pero todos
habían sido terrenales, concretos y
de este mundo. Muy de
este mundo. El borracho de su marido, los años de hospital en
hospital hasta que la cirrosis se lo llevó a la tumba, la falta de
dinero, las palizas, la depresión, el hecho de tener que buscarse la
vida a una edad madura...
Todos
esos vaivenes del destino le habían convertido en una persona
escéptica e imperturbable. Las fabulaciones se quedaron para la
inocencia infantil mucho tiempo atrás. María había logrado, por
fin, sortear el mundo despreciable que le había tocado en suertes.
Por eso no tardó en sobreponerse a las penurias del pasado.
Cuando
le preguntaron los de la funeraria, respondió sin dudarlo un
instante, que prefería la incineración. Sí. Sí. Incinerado. No
fuera que aquel animal se levantara otra vez, como los zombis que
salían en la televisión
—Tú
eres el muerto... —Espetó, a solas, a la urna con las cenizas de
su marido, cuando se las entregaron. —Tú, el muerto. Pero la que
descansa en paz, soy yo.
Consiguió
que la contrataran, a pesar de su edad, por intercesión de la hija
de una amiga. Aunque la condición fue que se incorporaría al turno
de “antes de abrir los centros de trabajo”. Se acostumbró
rápidamente a los horarios iniciados antes de despuntar el alba.
No. No era la noche lo que la hacía sentirse tan vulnerable. Ni el
sobre-esfuerzo, ni el peso de los años, los responsables de ese
ligero temblor en las manos que sentía últimamente. Ni siquiera su
aislamiento en caso de producirse algún contratiempo en ese
centro...
Esto
era diferente. Aquí estaban sucediendo cosas inexplicables.
Lo
que más la desazonaba era esa sensación de no estar sola. Se
repetía, una y otra vez, que salvo por ella, aquel lugar estaba
vacío. Deseaba convencerse de esa evidencia. Pero no lo conseguía
del todo. No después de lo que le había dicho César.
Cuando
llegó esa mañana, una vez más se encontró con las luces
encendidas. Chasqueó la lengua, reprobando la negligencia de los
empleados. María desconectó la alarma y dejó la verja hasta media
altura, para avisar a los municipales de que estaba allí. Cerró con
llave la puerta de entrada tras de sí y se dirigió al cuarto de
limpieza para cambiarse. Sus tacones resonaron como truenos contra
las baldosas durante todo el recorrido. Pero eso entraba dentro de
los ruidos lógicos cuando un lugar tan grande se encontraba así de
vacío. Se recogió la melena, de manera distraída, con una goma que
se sacó de la muñeca. En ese momento, se cerró de golpe la puerta
del cuartito. “Son las típicas corrientes de estos edificios
viejos”, se dijo. A punto de salir del cuarto para empezar la
tarea, sintió una pequeña sacudida bajo sus pies, seguido de un
golpe seco contra el suelo del sótano.
—Algún
trasto apilado que se habrá caído, pensó. —Estos chicos... Qué
poco cuidado ponen para guardar las cosas...
Sin embargo, esos ruidos procedentes del sótano crispaban sus
nervios. Comenzaban al azar, sin motivo alguno, como por accidente.
Surgían unos días sí y otros no. Y cuando empezaban, no había
manera de que parasen. En ocasiones se oía el breve arrastre de una
silla. O un chispazo que ponía en marcha el ventilador. O el crujir
de la madera, cuando lo que se guardaba allí abajo, de poca madera
constaba. Al principio, pensó que era cosa suya: un eco a destiempo,
un ruido de algún mueble asentándose después de haberlo
desplazado... Pero, últimamente, la impresión de que algo —o
alguien— se estaba apropiando de su energía vital empezó a
rondarle la cabeza. Y conseguía desquiciarle. Se oyó otro golpe.
Esta vez fue un ruido metálico. Como si dos herramientas chocaran
entre sí. Le subió un escalofrío por la espalda.
Los trabajadores del centro bromearon, con muecas de complicidad, el
día que María se atrevió a comentarlo. Sin embargo, cuando César
se rio abiertamente, al insinuar ella que “igual había ratas en el
sótano”, ya empezó a preocuparse.
—Si no quieres, no hace falta que bajes a limpiar el sótano, —dijo
el director, con resignación. —Ya se encargarán los conserjes…
Tanta condescendencia, por parte del cliente, parecía un tanto
ilógica. Su jefe había calculado su sueldo, y el tiempo de
ejecución, contando con que aquel sótano debiera limpiarse a días
alternos. Lo más, lo más, una vez a la semana. Sin embargo, el
director insistía en que esa tarea no era necesaria y hasta parecía
tratar de convencerla de que quedaba disculpada de realizarla. Había
asegurado, con mucho ahínco, que nadie habría de recriminarle por
no bajar. Ni los empleados, ni su jefe.
César fue el único que se sinceró realmente con ella, al ver ese
reflejo de inquietud en su rostro.
—Mejor no te obceques. Ahí bajo pasan cosas extrañas: si dejamos
las sillas apiladas, a la mañana siguiente aparecen en filas. Cuando
ponemos la alarma “alguien” la desconecta. Las luces se apagan y
se encienden a placer, sin que nadie haya tocado los interruptores.
Es bastante juguetón nuestro Fe… El final de la frase quedó
interrumpido inmediatamente por el alarido de Elena, la compañera de
César.
—¡Ni se te ocurra ponerlo nombre! ¡Si lo nombras, se queda! Y
entonces, la que me iré, seré yo…
La explicación —añadida a la advertencia de Elena— no por
asombrosa, había sido menos convincente y María decidió que no era
de su incumbencia averiguar qué era lo que había allá abajo. Si
el director y su jefe daban por realizada la tarea, no iba a ser ella
quien replicara.
Con todo, fueron algo más que ruidos lo que oyó esa mañana. Los
sonidos se habían convertido en palabras. María había distinguido
una voz. Una voz profunda y masculina. Una voz que le era familiar. Y
afinando el oído, incluso le pareció haber escuchado su propio
nombre subir por el hueco de la escalera.
Quiso contárselo a César cuando lo vio abrir la verja, pero por
alguna absurda paradoja, finalmente decidió callar.
Con la vista fija en el peldaño, en su mente siguió el recorrido de
las pisadas del conserje moviéndose de un lado a otro del centro. Le
oyó aproximarse, silbando alegremente, hasta el rincón donde se
encontraba el acceso al sótano. En una mano llevaba el escobón y en
la otra el recogedor. A él parecía no preocuparle lo más mínimo
lo que hubiese en ese sótano. Si eso
estaba alimentándose de su vitalidad para seguir en aquel mundo
intermedio, le traía sin cuidado. Rebosaba juventud y vigor.
—Vamos a ver la que me has liado hoy, Federico, —le oyó decir.
Levantó
la cabeza de repente, y buscó al conserje con la mirada, casi
recriminándole haber nombrado a ese ser con tanta
familiaridad. Más pánico le dio todavía cuando reparó en el
nombre que había salido de la boca del joven. Vaya coincidencia que
César eligiera el mismo nombre que el de su marido para aquello que
habitaba debajo de sus pies.
Detuvo
lo que estaba haciendo, descargando todo su cuerpo en el palo de la
fregona y siguió la figura del conserje mientras desaparecía
escaleras abajo. Unos instantes después, empezaron a oírse golpe
tras golpe del escobón contra el suelo del sótano, seguido de un
alboroto, como de movimiento de muebles, sillas que se desplazaban y
chocaban contra el cemento... Latigazos, como truenos todos ellos,
que rebotaban bajo los pies de María.
—¡No
te resistas, Federico! —oyó gritar a César. —Pensé que éramos
amigos...
María
contuvo la respiración durante cada segundo de la batalla que se
estaba librando entre lo orgánico y esa existencia intermedia que
César había asegurado convivía paralelo al mundo real. Estaba
paralizada. Se imaginaba al conserje peleándose con un espectro de
fauces puntiagudas y uñas ensangrentadas. Si realmente era el
Federico que ella había conocido, sabía perfectamente lo violento
que podía llegar a ser. Comprendía que tenía que hacer algo para
ayudar a su compañero, pero era incapaz de mover un solo músculo de
su cuerpo. Le venían a la memoria episodios de su vida pasada y el
miedo atroz que había sentido hacia ese bárbaro con el que había
convivido.
Finalmente,
los golpes cesaron. Todo volvió a quedar en silencio.
Cargada
de impaciencia, María soltó el palo y se acercó, cautelosa, hasta
la escalera. Prestó atención, pero no se oía ni el vuelo de una
mosca. Después, pasos. Alguien estaba subiendo los peldaños...
Tras
unos instantes, apareció César con el brazo levantado, exhibiendo
triunfante a un pequeño ratón negro, sujeto por el rabo entre la
punta de sus dedos.
—María,
nuestro amigo Federico acaba de perecer. Descanse en paz.
Ella
llenó los pulmones de aire y lo echó de golpe.
A la
mañana siguiente, María introdujo la llave en la cerradura de la
puerta principal, canturreando La Zarzamora. Al accionar el
interruptor de las luces, fue sorprendida con que, al mismo tiempo,
el hilo musical se pusiera en marcha de manera inesperada. Carlos
Cano interrumpía su sosiego cantando María, la portuguesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario